Gripe A: no es para tanto
Un año después de saltar las alarmas por la pandemia del virus H1N1 hay un silencio absoluto sobre una gripe que en realidad acarreó menos efectos nocivos que cualquier otra
Óscar López es un veinteañero alto y delgaducho, aparentemente no demasiado fuerte, pero de salud, salvo por algunas alergias primaverales, sano como un roble y, aunque nadie lo diría, ha pasado la temida Gripe A como quien no quiere la cosa. El tan peligroso virus H1N1 –según la Organización Mundial de la Salud, el Gobierno español y los autonómicos, así como la mayoría de medios de comunicación– pasó por él como quien está de visita: unos días de fiebre alta como la de cualquier otra gripe estacional, mareos y malestar general.
El caso de Óscar no es singular: como él, decenas de jóvenes de su ciudad natal, Alfaro, en La Rioja pasaron por lo mismo sin pena ni gloria. La mayoría de ellos se contagiaron durante las fiestas patronales, donde las aglomeraciones, los vasos que pasan de mano en mano y la fiesta nocturna son la tónica habitual. Una localidad en la que, además, es tradición que las cuadrillas pasen las fiestas en los llamados “cuartos”: locales en general pequeños y mal ventilados, acondicionados para pasar allí las horas muertas con los amigos. En este caldo de cultivo, la localidad riojana se convirtió en el lugar propicio para que el virus gripal campara a sus anchas.
El bombardeo constante de los medios locales, la campaña informativa preventiva del Gobierno regional y el estado de alerta de la propia sociedad no pudieron evitar que el H1N1 se extendiera por Alfaro. El número de casos se multiplicaba estrepitosamente cada día ante los ojos cada vez menos atónitos de unos médicos de cabecera que aprendieron a diagnosticar esta enfermedad con tan solo comprobar que los síntomas febriles de los enfermos no se correspondían con otras enfermedades como una simple infección de garganta. Óscar asegura que en urgencias no le hicieron ninguna prueba para cerciorarse de que efectivamente estaba infectado por este virus: “tenía todos los síntomas y, como descartaron otras enfermedades, me pusieron una mascarilla y me dijeron que si en dos días no pasaba la fiebre tenía todas las posibilidades de ser Gripe A. Como infectado figuro en los registros médicos”.
Mientras Alfaro pasaba por una semana de caos y confusión, en la que se extendía como la pólvora el rumor de que la Gripe A estaba infectando a la mayoría de los jóvenes de la población, la esperada vacuna contra el virus todavía estaba en camino en esta comunidad. El Gobierno regional comenzaba a establecer un protocolo especial de actuación frente a la pandemia, que consistía en un tratamiento similar al de cualquier otra gripe corriente: antitérmicos para bajar la fiebre y, eso sí, aislamiento. La sala de urgencias del Centro de Salud alfareño se dividió en dos para tratar a sus pacientes: en un lado los que acudían con síntomas diferentes a los de la gripe; en el otro, aquellos con 39ºC de fiebre a los que, según Óscar, “se les aislaba en una sala por si estaban contagiados con la Gripe A”.
Unos meses antes (abril de 2009), justo al comienzo de esta locura con nombre de virus, David Sordo, de 21 años, licenciado en Fisioterapia y estudiante de Enfermería de la Universidad de Oviedo, pasaba en Cancún su viaje de fin de carrera. Mientras los organismos oficiales empezaban a despertar las alarmas y los medios de comunicación se sumaban al bombardeo masivo de información sobre nuevos casos de infectados, algunos muertos, por gripe en México –que luego resultaron no ser consecuencia de este virus– y el resto del mundo comenzábamos a vislumbrar la idea de una posible pandemia maligna provocada –según se explicó en un principio– por un virus transmitido a los humanos a través de los cerdos, David y sus compañeros disfrutaban de sus vacaciones ajenos al revuelo levantado en torno al país en el que se encontraban: “mi compañera de habitación me comentó que había visto un anuncio de prevención, pero no le di mucha importancia, fue algo de pasada. También un chico me advirtió que no comiese carne de cerdo porque había una gripe porcina o algo similar, pero todo era muy poco claro”.
A su regreso, David y sus 19 compañeros fueron puestos en cuarentena durante 10 días por miedo a que alguno de ellos pudiera ser portador del virus, para evitar así exponer a un posible contagio a los pacientes y compañeros de los hospitales en los que hacían las prácticas. De los 20, ninguno resultó estar infectado por el H1N1, en ese momento todavía conocido como Gripe Porcina y que más tarde sería rebautizado como Gripe A para evitar las repercusiones económicas derivadas del temor a contraer la enfermedad por la ingesta de carne de cerdo.
Pero si hablamos de repercusiones, sin duda, México fue uno de los principales afectados por el pánico colectivo repentino. Muchas aerolíneas de todo el mundo cancelaron sus vuelos al país durante días y recomendaron no tomar aviones rumbo a este destino, salvo en caso de necesidad. El turismo fue probablemente el sector que más sufrió el impacto, un área en la que además se vieron perjudicados los establecimientos hosteleros, que permanecieron hasta el 5 de mayo con la orden de no servir comidas, a menos que fueran para llevar. El Departamento de Salud del Banco Mundial estimó entonces que la epidemia de gripe costaría a los mexicanos unas pérdidas aproximadas de unos 50 millones de dólares al día durante las semanas de auge de la enfermedad.
Óscar López reconoce ahora que su enfermedad “no fue para tanto”, a pesar de que entonces tomaba todas las precauciones posibles por miedo a contagiar a su familia, y éstos a otros alfareños. “Mis padres me subían la comida en una bandeja a mi habitación, donde pasaba las horas con la mascarilla puesta por miedo a infectar a mi familia. Luego lavaban mis platos y mis cubiertos aparte por si quedaba algún resto”, recuerda. “Al final no contagié a nadie”, afirma Óscar, y añade rotundamente que “se le ha dado demasiado bombo” a todo lo relativo a este virus. Según él, la Gripe A “es como una pequeña variación de la gripe normal, sin demasiados efectos diferentes a ésta”.
En efecto, no fue para tanto. En La Rioja sólo el 4% de la población infectada con el virus H1N1 tuvo que ser hospitalizada por complicaciones derivadas de la gripe, y tan solo dos personas perdieron la vida como consecuencia de contraer esta enfermedad, sumada a otras patologías. Según los datos facilitados por la responsable del gabinete de prensa del Gobierno de La Rioja, Eva Vaquero, Salud inmunizó a 70.000 personas, todas ellas pertenecientes al grupo de riesgo primero. Aun así, un gran número de vacunas han quedado totalmente inutilizadas y no hay previsto ningún plan, según Vaquero, sobre lo que hacer con ellas.
David Sordo también está convencido de que los organismos mundiales y los gobiernos, así como los medios de comunicación, se excedieron en las alarmas: “Como personal sanitario que soy aseguro que la Gripe A no deja de ser un virus con un índice de mortalidad más pequeño que la gripe común y que afecta sobre todo a gente con patologías respiratorias, causándoles la muerte debido a complicaciones que, en mi opinión, por sentido común también ocasionaría cualquier otro virus. El único motivo de alarma es el desconocimiento, en aquel momento, de las posibles consecuencias, pero no deja de ser una epidemia como la gripe común, o incluso menos maligna”.
México dejó de contar a sus víctimas el 21 de agosto –con un recuento final de no más de 164–, momento en el cual la OMS hizo lo mismo con el resto de países. Desde entonces cada vez son menos los comentarios acerca de este virus temido durante escasos meses y del cual, tan solo un año después, ya nadie se acuerda.




