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Los esclavos de la botella

Existe un punto de venta de alcohol por cada 150 habitantes. Así, no es de extrañar que España sea el séptimo país del mundo que más alcohol consume con alrededor de 10,4 litros de alcohol per cápita.

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Tiene 51 años, una mujer, dos hijos. Trabaja en una empresa farmacéutica que, extrañamente, no se tambalea con la crisis y vive en el mismo barrio obrero de Barcelona que le vio crecer. Mata su tiempo libre devorando todos los best-sellers que puede. A menudo, los arrincona para disfrutar de cualquier deporte que emitan por televisión. Lleva una vida normal desde hace 4 años, cuando dejó de beber. Antes, la rutina diaria se rompía en mil pedazos con cada nuevo trago, con cada una de las 12 copas de coñac que había llegado a tomar en un mismo día. Necesita ser sincero e insiste: “No olvides mencionar las 4 ó 5 cervezas”.

A menudo no somos conscientes de que el alcohol es una droga aceptada, casi aplaudida socialmente a pesar de que cada año destroce más de tres millones de familias. La mayoría de la población sigue sin conocer los riesgos a largo plazo que conllevan la vida de bar o los excesos del fin de semana.

Pedro es alcohólico y no va a dejar de serlo, aunque ahora ni siquiera beba cava en las celebraciones familiares. No va a dejar de serlo porque “un alcohólico lo es toda la vida”. Ésa fue una de las primeras frases que tuvo que interiorizar al empezar su terapia de recuperación. Pero, sobre todo, no va a dejar de ser alcohólico porque cree que su familia no podrá perdonar nunca la enfermedad que le llevó a tocar fondo. En realidad, es él quien no se perdona, quien no olvida, entre otros momentos, las alucinaciones del último día en que bebió. Del día en que una sola cerveza, mezclada con los antidepresivos que tomaba para superar la muerte de un familiar, le hizo ver que no podía continuar consumiendo.

Sería fácil, e incluso lógico, creer que Pedro empezó a beber a raíz de un episodio traumático. Pero, de hecho, el alcoholismo es una enfermedad de causas psicológicas complejas. La muerte de su suegro sólo agravó una adicción que arrastraba desde hacía años pero lo que nadie de su entorno llega a entender todavía es por qué bebía. Él tampoco lo sabe.

Tres millones de vidas truncadas en España

El caso de Pedro no es único. El alcoholismo afecta a más de 23 millones de europeos cada año, según un informe realizado por el Institute of Alcohol Studies para la Comisión Europea. Tres millones y medio de esos adictos se encuentran en España. Entre ellos, están sólo los que han reconocido ser alcohólicos y se han tratado para superarlo. Pero realmente ¿cuándo alguien se puede considerar alcohólico? Alcohólico es, según la OMS, aquel hombre que consume más de 50 mililitros de esta sustancia psicoactiva —que genera adicción— al día (para hacernos una idea, un litro de cerveza) o aquella mujer que lo hace por encima de los 30 mililitros, que equivaldrían a dos whiskys. Pedro prefiere aportar su propia definición: “Ser alcohólico no es emborracharse y hacer eses por la calle como muchos creen. Es engancharse, depender del alcohol, convertirlo en el refugio, y a la vez causa, de todo lo que funciona mal en tu vida”.

A pesar de que suene a tópico, Pedro tiene claro que los dos pasos imprescindibles para curarse son reconocer que tienes un problema con la bebida y querer acabar con él. Después, se recomienda acudir a un especialista psiquiátrico porque, a pesar de que tenga graves consecuencias físicas, el alcoholismo deja grandes secuelas psicológicas como la depresión. Estos trastornos emocionales acaban en suicidio hasta 15 veces más que entre la población sana.

Tras reconocerlo, Pedro acudió a un psicólogo de la Seguridad Social dos veces a la semana durante 3 años. Además, durante ese periodo asistía cada viernes a reuniones grupales que le ayudaban a exteriorizar sus sentimientos respecto a la adicción y le permitían comprobar que no estaba solo en su lucha. Pero ésta no es la única vía. “Hay tantas maneras de salir del alcoholismo como alcohólicos existen puesto que cada enfermo necesita una terapia según su nivel de dependencia y su carácter”, dice Sonia Gañán, psicóloga especializada en drogodependencias.

Uno de los tratamientos más habituales y efectivo es la asistencia a las reuniones de Alcohólicos Anónimos Alcohólicos Anónimos (AA), una asociación que tiene más de 2.000.000 de miembros en 150 países. Sus sesiones se diferencian de las que ofrece la sanidad pública en que no cuenta con ningún psicólogo a la cabeza del grupo. Esta comunidad basa su terapia en la ayuda mutua entre alcohólicos para conseguir la sobriedad a través de sus conocidos 12 pasos, que actualmente también se ponen en práctica para superar otras adicciones y enfermedades como la obesidad.

74 años ayudando a mantener la sobriedad

Alcohólicos Anónimos celebra este año casi tres cuartos de siglo de rehabilitación de enfermos alcohólicos y por ello organizó este mes de mayo una jornada de puertas abiertas en todos sus centros. En la reunión barcelonesa incluso caras conocidas del mundo de la televisión se convertían en un anónimo más al cruzar las puertas de la Facultad de Química de la Universidad que acogía el evento. A la hora habitual de las reuniones, las ocho de la tarde, cuatro testimonios desgarradores se encargaron de evidenciar que el alcoholismo esclaviza a muchas más personas de las que se cree, independientemente de su edad, su clase social o su sexo.

De la misma manera que Pedro no sabe por qué empezó a beber, una de las alcohólicas de la reunión, que lleva un año de sobriedad, cuenta que, por su carácter, cuando no era adicta al alcohol, lo era a su trabajo en el hospital. Lo tuvo que dejar tras reconocer, también, que la dependencia del alcohol le había llevado incluso a atender a sus pacientes de forma irresponsable, en estado de embriaguez. A pesar de que cada enfermo tiene su propia historia, resulta curioso cómo algo les une: una situación límite les hizo darse cuenta de su problema.

Otro miembro de AA, un joven sevillano, se volvió adicto a pesar de tener una vida tranquila. Casado y con dos hijos pequeños, a veces empezaba a beber tras salir del trabajo y luego conducía hasta el colegio de sus niños y los llevaba a casa. Un día de hace seis años y medio, ese pequeño trayecto estuvo a punto de acabar con la vida de su hijo de 3 años durante un accidente de tráfico, “uno de entre los más de treinta que había tenido a lo largo de mi vida”, reconoce. Desde entonces, este sevillano no ha vuelto a beber.

El alcohol, como el tabaco, tiene la particularidad de ser una droga a la que puede engancharse cualquiera por su precio, su fácil acceso y la gran tolerancia social que recibe. Su consumo no se atribuye a sectores marginales de la sociedad sino que es legal, factor que dificulta notablemente las estrategias para prevenir un mal uso, sobre todo entre uno de los colectivos más afectados, los adolescentes, que empiezan a beber a los 13 años.

A pesar de que la última Encuesta Escolar sobre Drogas indica que la percepción del riesgo del alcohol —así como del resto de drogas— es cada vez mayor, el mismo estudio demuestra que tienden a emborracharse más. Aunque no son más los que beben, los que lo hacen basan su consumo en el “atracón”, como lo conocen los médicos especialistas, durante los fines de semana.

El caso de Pedro es ilustrativo, aunque no debería ser tomado como única referencia. Él había probado el alcohol a los 14 años. No en vano los psicólogos insisten en la peligrosidad del consumo de esta sustancia en menores de edad que aún se están desarrollando. La investigación del Plan Nacional sobre Drogas advierte que una de cada diez personas que bebe alcohol puede convertirse en alcohólica, riesgo que se triplica si el consumidor es adolescente.

Consciente del problema, la Unión Europea puso en marcha en 2005 un plan de acción antidroga que ya se ha reconocido de poca eficacia, por lo cual se ha aprobado una nueva prórroga hasta 2012. No obstante, uno de los puntos con mejores resultados ha sido el de la concienciación ciudadana a través del famoso lema “si bebes, no conduzcas” y de memorables campañas de choque. Según la DGT, el exceso de alcohol al volante se cobró 900 vidas en 2008, un 33% menos que de 2001 a 2007, un periodo especialmente funesto.

Daños colaterales

A pesar del gran impacto social que tienen las muertes en la carretera, el alcoholismo no sólo se manifiesta al volante. Esta enfermedad reconocida por la OMS se hace visible, también, en el entorno laboral —por el frecuente absentismo del alcohólico o las constantes bajas por depresión— y en el familiar. Los expertos coinciden en apuntar que cada alcohólico afecta negativamente a otras tres personas. El alcoholismo tiene consecuencias familiares diversas en función del ambiente previo a la enfermedad. Sin embargo, las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud hablan por sí mismas: los hijos de alcohólicos tienen 4 veces más posibilidades de serlo que los hijos de no alcohólicos.

David Sánchez, hijo de alcohólico, no entiende los datos aportados por la OMS. “Yo vi cómo era mi padre cuando bebía y lo tomaría, precisamente, como un ejemplo que no debo seguir. No querría que mis hijos crecieran viendo la falta de vocalización, las pérdidas de memoria, los cambios de humor ni las discusiones que provoca el no dejarse ayudar”. David pertenece, desde hace 3 años, a Al-Anon, una comunidad derivada de Alcohólicos Anónimos que centra su ayuda en los familiares de los dependientes.

El alcohol se vincula a la muerte de uno de cada cuatro hombres de entre 15 y 29 años y de una de cada diez mujeres en la misma franja de edad. Pedro cree que el gobierno está haciendo buenas políticas preventivas, pero que es un problema social que “sólo terminará con un reconocimiento total de los riesgos que entraña beber. No serviría de mucho subir los precios ni prohibir su consumo, eso lo haría más atractivo”.

“Tengo la casa llena de botellas: cava, coñac, whisky y alguna cerveza para los invitados. Están ahí desde el primer día, pero yo no volveré a beber”, continua Pedro, orgulloso y seguro de sí mismo. “Ninguna circunstancia me hará volver a caer porque he visto la muerte de cerca y yo lo único que quiero es vivir”. Ya lo dicen los médicos: Lo único imprescindible para la recuperación es querer dejarlo.


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Nota: Este reportaje ha respetado el anonimato de algunos alcohólicos que, a pesar de todo, han querido prestar su testimonio.

Noticia editada por:

Andrea Pelayo Herrera

hace 8 meses y 8 días

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