Diez años sin comer bien
Laura tenía unos 12 años cuando empezó a tener problemas con su alimentación. Hoy tiene 22 y aún odia su cuerpo. Lleva enferma la mitad de su vida y todavía se pregunta cómo empezó todo. Pero no es la única. Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) afectan a tres millones de personas en España y son la tercera enfermedad crónica más abundante del país. La cifra va en aumento y cada vez aparecen nuevas variantes.
Lunes. Seis y media de la mañana. El despertador suena estrepitosamente. Laura se levanta somnolienta de la cama. Hoy tampoco ha pegado ojo. Hace meses que no logra dormir durante más de dos horas seguidas. Tras lavarse la cara, va a la cocina para hacer el ritual de siempre: prepararse el café que acabará tirando por el desagüe del fregadero. De este modo, su madre no sospechará que no desayuna. Luego se hace un sándwich y coge un zumo de la nevera. Es lo que le obligan a comer a media mañana. Pero tampoco estos alimentos estarán demasiado tiempo en su poder. Laura los tira en el contenedor más cercano una vez sale para ir a clase.
Sobre las tres de la tarde vuelve a casa. A menudo está sola, una situación propicia para saltarse también el almuerzo. Para no levantar sospechas, tira la comida en una bolsa que baja a la basura inmediatamente y moja todos los utensilios que debía usar para cocinar con el fin de que parezcan recién fregados.
La tarde la pasa haciendo deporte y no tiene que buscar excusa para no merendar. Pero durante la cena a menudo hay alguien con ella, por lo que tiene que mentir diciendo que ha merendado muy tarde y no tiene apetito o que le duele el estómago. Cuando no tiene opción, come algo ligero y se apresura a anotar en su cuaderno las calorías de su ingesta. A veces, la culpabilidad es tan grande que no puede evitar provocarse el vómito. Es algo que Laura odia. Lo pasa mal, sangra y se le forman postillas en la garganta.
Con este día a día, Laura bajó diez kilos en varias semanas. Había alcanzado su objetivo, sin embargo, se sentía insatisfecha. Estaba siempre triste y de mal humor, sus amigas ya no la llamaban porque siempre rechazaba sus propuestas para salir y, por una inexplicable razón, le costaba más esfuerzo sacar sobresalientes en el instituto. Los números de la báscula en la que se pesaba a diario mostraban que estaba más delgada, pero ella se veía cada vez más imperfecta.
La situación se hizo insostenible y, en un momento de debilidad, Laura confesó lo que le estaba ocurriendo. Tenía 16 años cuando su madre la obligó a iniciar un tratamiento en la Sanidad Pública. Con una frecuencia de entre 10 y 20 días visitaba a un enfermero, que se ocupaba de su salud física, y a una psicóloga, quien se encargaba de su salud mental. Después de unos cinco meses recibió el alta médica. Su índice de masa corporal había disminuido hasta llegar a 19, por debajo de lo recomendado. Sin embargo, su psicóloga afirmaba que su vida no corría peligro y “como se niega a colaborar, me veo en la obligación de poner fin a la terapia”. “Conseguí lo que quería: librarme del control de mi enfermero y dejar de sufrir los acosos de una psicóloga que no me ayudaba. Sin embargo, tras concluir el tratamiento había perdido el control absoluto sobre la comida, algo que afectó aún más a mi mente”. Se iniciaron entonces períodos en los que Laura se daba atracones, alternados con varios días sin comer o con conductas compensatorias tras ingerir cualquier alimento (inducción del vómito, ingestión de laxantes…). Cada día se odiaba más a sí misma y sentía menos respeto por su vida. Con ingenio, logró que su familia recuperara la confianza en ella. “Pienso que creen que ya estoy sana porque me ven bien físicamente y porque ya no tengo edad de hacer ese tipo de tonterías”.
Han pasado diez años y la vertiente sana de Laura se está haciendo más fuerte que la enferma. Ha leído mucho sobre el tema y ha hablado con chicas que han superado la enfermedad, así como con psicólogos. Reconoce que tiene un problema, pero ahora cree que puede curarse y está dispuesta a recibir una ayuda adecuada. “Es cierto que la situación podría ser mejor, pero actualmente existen más unidades especializadas en TCA tanto en la Sanidad Pública como en la privada. Su personal está bien formado y sus tratamientos son los correctos”, afirma una Laura muy positiva.
En España hay innumerables casos similares al de Laura. Según l’Asociació contra l’Anorexia i la Bulímia (ACAB), un 6% de chicas están afectadas por un TCA y sólo el 1% se trata de anorexia y el 2% de bulimia, los dos más conocidos por la sociedad. El 4% restante lo conforman los trastornos de la conducta alimentaria no especificados (TCANE), que se dan cuando la persona presenta varias características patológicas, pero falta alguna. Estos datos sitúan los TCA como la tercera enfermedad crónica más prevalente en el país. Otra cifra alarmante es la de la población en riesgo, un 11,5%. En palabras de Cristina Carretero, psicóloga coordinadora del programa de prevención y formación de la ACAB, dentro de este grupo se encuentran aquellas personas que “alguna vez vomitan, se restringen durante un mes para conseguir la pérdida de peso deseada… Es decir, que presentan conductas patológicas”.
“El gran problema de los enfermos de TCA es la imagen equivocada que tienen de ellos la sociedad. Para colmo, los medios de comunicación hacen un flaco favor. La prensa apenas los tienen en cuenta a no ser que se acerquen las fechas de Cibeles o Toscani nos escandalice con una de sus campañas publicitarias. Para una vez que se realiza un reportaje audiovisual sobre el tema, resulta estar repleto de tópicos”. Laura se refiere al programa 21 días sin comer, emitido por Cuatro el pasado 27 de febrero. La suya no es la única crítica. Marta Voltas, directora de la Fundación Imagen y Autoestima (IMA), declaró que “Gandhi hizo ayuno y no era anoréxico”. Con ello, dejó claro que no basta con dejar de comer para estar enfermo porque los TCA son, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), trastornos mentales.
El principal estereotipo en torno a estas enfermedades es pensar que vienen dadas exclusivamente por el deseo de conseguir un cuerpo que se adecúe al canon de belleza actual, difundido por la moda y la publicidad. Si éste fuera el quid de la cuestión todo aquel que no entrara dentro del arquetipo caería enfermo. Pero no ocurre así. Cristina Carretero explica que “los TCA son multifactoriales. No podemos hablar de una única causa. Pero el factor clave que se apunta en los últimos años y que tiene un peso muy importante es el genético. Es decir, hay personas que nacen con una predisposición genética a sufrir este tipo de enfermedad. A esto hay que sumarle unas características concretas de la personalidad, así como causas sociales, psicológicas, etc.”. No obstante, Carretero deja claro que el ideal de belleza sí tiene un peso, “sobre todo, la asociación de estar delgado con éxito”.
Las diferentes asociaciones que luchan contra los TCA en España llevan años solicitando al Ministerio de Sanidad que se unifiquen las tallas de las diferentes marcas de ropa y que haya diversidad en las tiendas. Una medida que empezó a llevarse a cabo el año pasado con la conocida clasificación de los cuerpos de las mujeres españolas entre campana, cilindro o diábolo, pero que no cumplió su objetivo debido a la polémica que generó. El resultado de la investigación fue que la población española tiende al sobrepeso. De hecho, las cifras nos sitúan, según la OMS, ante una “epidemia”. La Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO) alerta de que el 14,5% de los españoles son obesos y el 39% presenta sobrepeso. La obesidad infantil afecta a un 17% de niños y a un 12% de niñas menores de 14 años. El 20-30% de las personas que la padecen sufren un trastorno de la conducta alimentaria denominado trastorno por atracón.
El reto: la interacción Hoy día no se apuesta por los tratamientos largos para los enfermos de TCA, lo que permite tratar a un mayor número de pacientes que hace una década. Ello no quiere decir que ya esté todo hecho, pues existen asignaturas pendientes. Una de ellas es el seguimiento ambulatorio, demasiado centrado en el aspecto físico en detrimento del cuidado psicológico, cuando debería ser al contrario.
La escuela y la familia son otros actores que precisan de formación en TCA. Mercedes Luque, profesora de Educación Física en el IES Aberroes de Córdoba reconoce que la información que posee el profesorado de su centro “depende del interés personal”. Laura piensa que a pesar de que ha recibido un tratamiento, su familia no conoce bien este tipo de enfermedades. “El Gobierno debería llevar a cabo más campañas de información porque si tu familia y tus profesores no detectan el problema antes de que sea demasiado evidente, estamos perdiendo un tiempo precioso”, argumenta Laura con rostro de preocupación.
Gemma Tomás, gerente en funciones de la ACAB, opina que el problema radica en que el Gobierno “considera estas enfermedades como minoritarias, por lo que se apuesta más por temas de sexualidad o drogodependencia”. “Quizás, la primera medida que debería llevarse a cabo es la formación de los políticos por parte de asociaciones con el fin de que, posteriormente, el Gobierno pueda mostrar a la sociedad la gravedad de los TCA y se produzca por fin la tan ansiada interacción”, propone Laura en tono de humor.
La gravedad de la que habla Laura es más que real y un último dato da fe de ello: el 10% de los casos de anorexia nerviosa concluyen en muerte.
Un reportaje de Laura M. Jiménez. Con la colaboración de Irene Ballestear, Sandra Fontanet, Irene García-Arnau, Blanca Mendiguren y Olalla Oliván.



