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Sin probar bocado

La huelga de hambre que ha llevado a cabo Tomàs Sayes la conocen la mayoría de estudiantes de las universidades catalanas y españolas, los docentes, decanos y rectora de la UAB, las instituciones de Catalunya, etc. ¿Pero, realmente, quien conoce a Tomàs Sayes? ¿Quién sabe con certeza los objetivos que le movieron a realizar la huelga?

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La habitación era bastante claustrofóbica. Poca luz por las persianas bajadas, demasiadas cosas para un espacio pequeño, mucha gente entre cuatro paredes. Las paredes estaban decoradas con banderas nacionalistas y posters en contra de Bolonia y a favor de una universidad pública y de calidad. En el suelo, un par de colchones protegidos con sabanas. Sólo uno de ellos tenía también edredón. Delante de éste, un portátil y dos botellas de líquido naranja. Al fondo de la habitación, debajo de las ventanas, se amontonaban un sinfín de libros sin ningún orden. Una mesa en el centro con botellas vacías, lápices, papeles y otro ordenador portátil. Un par de sillas más acababan por completar la escena.

[:]Tomàs Sayes era el protagonista de este espacio ubicado en una de las salas del edificio de estudiantes de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Desde el 23 de febrero y hasta el 25 de marzo este fue el lugar de residencia del joven estudiante de la Pobla de Lillet. Aquí dormía, se vestía, descansaba, charlaba, bebía. Pero no comía.

[:]La huelga de hambre que ha llevado a cabo la conocen la mayoría de estudiantes de las universidades catalanas y españolas, los docentes, decanos y rectora de la UAB, las instituciones de Catalunya, etc. ¿Pero, realmente, quien conoce a Tomàs Sayes? ¿Quién sabe con certeza los objetivos que le movieron a realizar la huelga? [:]Aunque la huelga no se hizo efectiva hasta el 23 de febrero, en el Sindicat d’Estudiants del Països Catalans (SEPC), la idea se llevaba gestando desde hacía tiempo. Se pretendía dar un golpe duro. Forzar el diálogo con los altos cargos de la UAB. De la lluvia de ideas que se llevó a cabo, la huelga fue la que se hizo efectiva. Ahora bien, tenían huelga pero no huelguistas.

[:]Llevó varios días dar con el ejecutor de la tarea. Desde el principio siempre se planteó que la huelga sería individual. No se quería colectivizar y dramatizar la protesta. Así que se buscaba a una persona. Una persona lo suficientemente fuerte para aguantar. Con convicciones firmes. Pertenecer al SEPC y ser miembro antiguo era también una de las premisas que se establecieron.

[:]Sonaron varios nombres. Se ofrecieron voluntariamente algunos afiliados. Pero sólo Sayes demostró ser capaz de llevar a cabo la huelga. Nadie le obligó a presentarse como huelguista. Surgió de él convencer al resto de que era capaz de hacerlo, y de hacerlo bien. “Llegaré hasta el final. Hasta donde el cuerpo no aguante más”. El discurso sonó tan convincente que, a los pocos días, Tomàs iniciaba una dieta pre- huelga. Pero el reto de verdad aun no había empezado. [:]Y comenzó el 23 de febrero. Dejó su habitación del piso de Barcelona por una sala del edificio de estudiantes convertida en un improvisado piso. Allí vivió durante un mes y dos días. Un espacio de menos de 20m2 sin apenas huecos. En ese tiempo, el colchón fue su mejor amigo. Se pasaba sentado allí, con las piernas cruzadas y descalzo, la mayoría del día. De noche intentaba dormir.

[:]Los primeros días le resultaron bastante amenos. Los efectos de la vaga todavía no se notaban. Se sentía bien. Y sus amigos le ayudaban en todo. La habitación nunca estaba vacía. De día, siempre le acompañaban un par o tres de compañeros. Por la noche, se iban turnando para estar con él. Entre amigos y miembros del SEPC, visitas familiares, alumnos curiosos, compañeros de trabajo, Sayes no tenía casi tiempo libre.

[:]Lo prefería así. Al menos, lo prefirió durante los primeros quince días de huelga. Se despertaba pronto, hacía las 9 de la mañana. Control rutinario de los médicos para seguir la evolución del paciente: peso, temperatura, pulso tensión y cetonuria. Tocaba asearse y caminar un poco. Los médicos le habían recomendado andar unos 20 minutos al día, así que aprovechaba cualquier visita para que le acompañasen a dar una vuelta por los alrededores del edificio. [:]Llegaba la hora de comer. Y Tomas no probaba bocado. Un poco de solución con azúcar y listo. Por la tarde más visitas. Si éstas escaseaban se dedicaba a leer, a hablar con los amigos que le acompañaban o a actualizar el blog. Siempre desde su colchón en el suelo con las piernas cruzadas y el edredón tapándole los pies. Cuando caía la noche, intentaba dormir. [:]Pero la rutina cambio poco a poco. Pasaban los días y se notaba cada vez más cansado. Tenía los pies fríos. Se le dormían con facilidad las piernas. Comenzaba a perder peso. De tal manera que la actividad en la habitación y fuera de ella se redujo considerablemente. Los paseos se hicieron más cortos hasta ser inexistentes. Y el edredón ya no sólo tapaba los pies sino todo el cuerpo. [:]El SEPC fue consciente de que la huelga se acercaba a una fase crítica. Tomàs también lo sabía. Y el momento no tardó en llegar. La madrugada del 25 de marzo fue el primer indicio. Tomàs se levantó para ir al baño a las seis de la mañana. Tenía insomnio. En el lavabo sintió un dolor de cabeza agudo, nauseas. El mundo le daba vueltas y tuvo que sentarse. Se quedó dormido y se levantó poco después. Ya en la habituación cayó dormido con la palangana a su lado.

[:]Los “me encuentro bien, sólo estoy cansado” de Tomàs Sayes parecieron no ser muy convincentes. Sus amigos llamaron a la ambulancia. En pocos minutos Sayes estaba camino del hospital. Su intención era continuar la huelga, aunque estuviera hospitalizado. Así se lo hizo saber a los miembros del SEPC. Sabía que sin su voluntad y su aprobación se descartaba la continuidad de la huelga.

[:]En el hospital le esperaban sus padres. Tuvieron que esperar a que le hicieran varias pruebas antes de poder estar con él en la habitación. Por aquel entonces, Tomàs pesaba 49 quilos y medio. Estaba muy bajo de azúcar. Los resultados de los diversos análisis revelaron daños graves en los riñones si no se ponía punto y final a la huelga. Había llegado a tiempo.

[:]El suero que le inyectaban le reanimó. Tanto que recibió más de veinte visitas. Los miembros del SEPC fueron los primeros en ir. Si Tomàs estaba de acuerdo, la huelga se daba por finalizada. A las 7 de la tarde harían una rueda de prensa explicando los hechos. El diálogo con las autoridades universitarias no se había producido. Habían desenmascarado el falso diálogo publicitario que se daba.

[:]Se encontraba mejor. Los médicos le habían dicho que iría recobrando fuerzas poco a poco. La solución pasaba por comer. El plato de comida delante. Y la decisión aún por tomar. ¿Seguir con la huelga o no seguir? Esa era la cuestión. Le resultó extraño el tacto de la comida en la boca. Sólo era una sopa y un yogurt pero después de tanto tiempo la sensación era muy rara. Se lo acabó todo. Era el principio del fin.

[:]La evolución fue lenta. El estómago debía acostumbrase de nuevo. Debía seguir una dieta especial y una rutina alimentaria específica. Primero líquidos. Luego alimentos sólidos. Poco a poco, la cantidad iba aumentando. Había dejado de sentirse tan cansado. No tenía frio en los pies.

[:]El día 30 le dieron el alta. Podía volver a casa pero debía seguir una dieta especial progresiva. Después de dos semanas se sintió mejor. Pero todavía estaba débil. Era demasiado pronto para volver al trabajo. Tocaba descansar en el pueblo que lo vio nacer. La Pobla de Lillet volvió a ser su hogar.

Noticia editada por:

Estefania Ruiz Valenzuela

hace 1 año, 2 meses y 7 días

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