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Un jalifa en el Raval

Ahmed Abair Abir es miembro de la Amical dels Immigrants Marroquins a Catalunya del Raval. Su vida rompe todo esquema preconcebido de lo que es un inmigrante magrebí

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Bajan las escaleras con mucho alboroto. Las suben de nuevo. Los niños de la Amical dels Immigrants Marroquins a Catalunya, del número 6 de la calle Jerusalén -entre calle del Carme y Hospital-, hoy se gradúan. Alguien comenta que huele a Marruecos: a escaleras fregadas con agua sucia. Puede que ese también sea el olor del Raval, donde habita la asociación. En la puerta del segundo piso, dos globos de colores anuncian la celebración. Y dentro, el ajetreo se pierde entre la paciencia de algunas mujeres que, cubiertas o no con el pañuelo, se reúnen en la cocina para preparar con pasta de almendras, miel, hojaldre y harinas de varios cereales, dulces fritos. Feqqas y beghrir, palomitas y ganchitos.

Hoy se celebra el fin de curso de una amical que, como es habitual en este tipo de entidades, centra sus esfuerzos en tratar de enseñar árabe a los niños marroquíes del Raval. "Ahora mismo, además de estos niños, vienen personas de otras edades, de diecinueve, veinte años y de toda Barcelona, procedentes de Argentina, Pakistán, Mauritania, hijos de matrimonios catalano-marroquíes... ", explica su director, originario de Nador, Marruecos, Ahmed Abair Abir. De las paredes del pasillo que conduce hacia el comedor principal, que hace las veces de sala para rezar y de aula de informática, cuelgan cuadros con motivos marroquíes y mapas políticos junto a fotos de los triunfos del atleta y amigo Otmani Btaime. Y es que su director, Ahmed Abair Abir ama la gimnasia. Hace poco que ha cumplido sesenta años y ha dedicado más de media vida al deporte. Ahora, además de su labor en la amical, reparte su tiempo como personal de mantenimiento en un centro comercial y como profesor de ajedrez de una escuela. Aquí los niños le conocen como Sandalito, porque es la forma cariñosa con la que Ahmed se dirige a ellos. En otros tiempos fue Jalifa, pero eso quedó atrás el día en que, practicando footing por las calles de Barcelona, se golpeó una arteria de la cabeza. Entonces el doctor Jover, después de la operación le recomendó "mejor déjalo".

En el comedor principal ya están todos sentados alrededor de las mesas protegidas con ules blancos de papel. En una mesa se sientan los padres de los alumnos, en otra el grupo de niños mayores y en una tercera está, trajeado, Mohammed Chaib, el único diputado del PSC con varios amigos suyos, Touria Eitrissi, la responsable de Cultura del Consulado de Marruecos, Ferran Sales, periodista de El País y Ricard Bernáldez, un catalán, con raya de costado, tirantes y una corbatita, que dice ser el dueño del futuro local de la asociación. Y en sus ratos libres es contorsionista. Hace una semana quería alquilarles una nave por la zona, pero había que repararla y el precio era demasiado elevado para una asociación sin ánimo de lucro que se mantiene por si sola, con cinco maestras y 180 niños. Finalmente, mediante la intervención de Chaib, todo apunta a que durante la semana cerrarán el acuerdo por un contrato de 800 euros mensuales. La intervención del diputado Chaib ha sido totalmente extraoficial. La amical, al recibir la noticia de que el propietario actual no quería alargar el contrato de la vivienda donde se sitúa para reformarla, hizo varias peticiones al ayuntamiento de Barcelona para conseguir que este les cediera un local, pero aún están esperando respuesta.

Nacimiento de Jalifa Ahmed Mimoun

La palabra jalifa, en árabe, servía para designar a la autoridad suprema del protectorado español en Marruecos. Ahmed Abair Abir la adoptó, junto con el nombre de su abuelo, Mimoun, cuando tuvo que inventarse una identidad para anotarse en su primer combate de boxeo, a los quince años. Corría el año 64. Su madre ignoraba que Ahmed llevaba una temporada yendo al gimnasio a ver entrenar al hermano de un amigo y que, poco a poco, se había dejado seducir por las vendas y las copas que le había visto ganar en Melilla. "Pensaba que si mi madre se enteraba me fusilaría", recuerda Ahmed "mi padre había muerto cuando yo era pequeño (había luchado con Franco en la Guerra Civil, como algunos familiares de los comensales de la graduación) y yo era el único hijo que tenía". Por eso, cuando se subió al ring y la vio entre el público lo único que deseó fue que no le pasara nada en la cara. El combate fue declarado nulo y entonces, Ahmed se apresuró en ir a abrazar a su madre. Mientras ella comprobaba que no estaba herido, le dijo que ya no iba a estudiar más, que se iba a dedicar al boxeo. A partir de ahí sus viajes a Melilla se hicieron habituales -en Nabor no se celebraban combates- y un día, con diecinueve años, decidió dar el salto a Europa. Quiso llegar a Francia, donde tenía familia, pero no pasó de Figueras.

Tuvo varios entrenadores, hasta que llegó a profesional con Juanito Fernández. Con él alrededor del año 75 ganó numerosos trofeos, el título de Campeón de Cataluña de peso welter, el Guante de Oro de Barcelona... Y empezó a ganar dinero, tanto como para recorrer casi toda Europa, Las Vegas, Buenos Aires o Panamá. Como para comprar una casa en Melilla y otra en Nador. Aún así sigue viviendo en el Raval, lo ha visto crecer y llegar hasta lo que es hoy, uno de los barrios con más densidad de población a nivel europeo (habitan cincuenta mil personas en 1,08 quilómetros cuadrados). "Es difícil vivir aquí y no entrar en contacto con el movimiento asociativo" cuenta Ahmed. En el barrio, existen entidades y servicios que tratan de dar respuesta a todo tipo de necesidades. Desde asociaciones (Casal dels Infants, el Consell Islàmic Cultural, la asociación marroquí Ibn Batuta, la de Trabajadores Pakistaníes, Amics de la Rambla) a fundaciones (Raval Solidari, Gran Teatre Liceu, el Taller de Músics), son materializaciones de la realidad de un barrio en el que la cultura, la hostelería y la inmigración se cruzan cada día y, a veces, colisionan.

Cuando Ahmed dejó el boxeo, después de la operación de arteria, aprendió a jugar al ajedrez. Empezó a dar clases en la Asociación de Vecinos del Raval y allí empezó a hablar de deporte en La voz del emigrante, la primera emisora catalana que, además de castellano y catalán, emitía en árabe y bereber. Así, el barrio empezó a saber de Sandalito -nariz chata, anteojos pasados de moda- y olvidó un poco a Jalifa -el fiera del crochet a la izquierda-. Entonces la Asociación de Padres del colegio Milà i Fontanals le pidió que diera clases de gimnasia. Tubo que estudiar las reglas del fútbol, porque las desconocía. En el año ochenta la Amical dels Immigrants Marroquins a Catalunya estaba empezando a rodar, con 15 niños a bordo y Ahmed dijo "Venga, vamos a colaborar. Alguien tiene que mostrar a los niños del Raval de dónde vienen". Y desde entonces no ha parado. Ahmed utiliza los mismo mecanismos que en el deporte: el trabajo en equipo y la lucha fina.

A la noche las Ramblas se llenan de transeúntes. Turistas, quiosqueros, vendedores de cerveza y hachís, adolescentes. Con todos ellos se mezcla Ahmed, de vuelta a casa.

Noticia editada por:

Diana Mizrahi Cengarle

hace 1 año y 22 días

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