La inmigración y el dilema de estudiar
Hakim, de origen marroquí, vive en el barrio de Collblanc, en L'Hospitalet. Dejó los estudios a los dieciséis años. Adriana, de origen albanés, vive en El Prat de Llobregat, y quiere estudiar medicina. Hakim piensa regresar. Adriana quiere quedarse en Catalunña. Son las dos caras de la integración.
Las universidades son un buen escenario para analizar la situación, y los datos no son positivos: según el INE, sólo un 1,5% de los alumnos en las universidades españolas son extracomunitarios o comunitarios de padres inmigrantes –segunda generación-. Los puntos de vista ante este dato son varios. Para los más pesimistas, el abandono generalizado de los estudios por parte de este sector de la población cuando terminan la secundaria puede causar una futura brecha en el mercado laboral del país, con un monopolio de la población autóctona en las posiciones altas y una mano de obra no cualificada de otros orígenes. Para otros, la situación se normalizará en un plazo de 10 a 15 años, tiempo que consideran necesario para que la parte de la sociedad inmigrante se asiente en España.
Cifras poco esperanzadoras
La bajísima cifra de estudiantes de origen no autóctono en las universidades cobra mayor relevancia cuando se compara con otros datos. Según datos del Departament d’Educació de la Generalitat catalana, hasta 140.000 estudiantes extranjeros se registraron en el pasado curso académico desde el nivel de educación infantil a la secundaria. Sólo en la ESO ya había unos 50.000 extracomunitarios. Sin embargo, en el ámbito universitario sólo hubo 6.561 estudiantes foráneos registrados… la mayor parte de los cuales eran comunitarios y pertenecían al programa ERASMUS de intercambio de estudiantes. La cifra de extracomunitarios que cursaban una carrera universitaria de manera continua en Cataluña no llegaba a los 1.500.
El contraste entre las cifras de los estudios obligatorios y los superiores refleja el abandono masivo de los estudios por parte de los alumnos de origen inmigrado cuando superan los dieciséis años y pueden dejar la secundaria. Se temen las consecuencias a largo plazo: en diez años, podría acentuarse mucho la estructura ya existente de población inmigrada no cualificada y población cualificada casi exclusivamente autóctona. Esto provocaría una mayor brecha en el mercado laboral.
Sin embargo, hay otros puntos de vista. El catedrático de Economía aplicada por la UAB, Jordi Oliver, forma parte de los optimistas. El experto considera normal, dada la estructura de la población inmigrante, que todavía no haya una gran demanda de plazas universitarias, ya que la media de edad de los padres no llega a los 35 años, y la mayoría de las segundas generaciones –sus hijos- no llegan a los 16 años. Oliver augura un aumento de este porcentaje dentro una década.
La educación, supeditada a las raíces
Una de las causas más señaladas por los expertos ante el flojo porcentaje de inmigrantes en la universidad es la idea de muchas familias de volver al país de origen algún día. El primer miembro de origen magrebí del Parlament de Catalunya, Mohammed Chaib, señala a las familias como el actor más importante para ayudar a decidir a los jóvenes. “Es normal que a veces piensen que no pasa nada si no estudian: en su cabeza está la idea de que el día de mañana volverán a su país”, afirma Chaib. Según el parlamentario, las familias inmigradas han de ser guiadas, “hacerles entender hasta dónde llegan las funciones del sistema educativo” para lograr comprensión e implicación a partes iguales. Para él, la diferencia de costumbres hace que no siempre se coincida en establecer el límite entre lo que proporciona la escuela y lo que enseña el hogar. “Las familias que no logran ser implicadas a veces piensan que la educación sólo se da en el colegio”, indica Chaib.
M.H. tiene doce años y llegó a L’Hospitalet hace ocho. Nació en un pueblo cercano a Marrakech, pero apenas tiene vagos recuerdos de sus calles. Es todavía un niño, pero quiere ser periodista. Aún así, probablemente no llegue a estudiar en ninguna facultad catalana, ya que su padre planea que la familia vuelva a su país “en menos de diez años”, cuando reúnan una buena cantidad de ahorro que les asegure un buen nivel de vida en Marruecos.
Hakim es el hermano mayor de la familia, tiene ya dieciocho años. Ha tomado una de las decisiones más comunes en los jóvenes inmigrantes o hijos de inmigrantes, dejar la escuela al acabar la secundaria. Hace casi dos años que trabaja en la misma fábrica que su padre, en la Zona Franca, cerca de Barcelona, aunque asegura que no le faltaban dotes para estudiar. Sólo el catalán y el inglés se le resistían, y cree que podría haber estudiado alguna carrera de ciencias. Pero Hakim tiene asumido que volverá a su país. A pesar de que siente “como propio” el barrio hospitalense de Collblanc, en el que ha crecido, dice que le han inculcado mucho sus raíces y que no quiere perderlas.
El joven explica cuales son los motivos porque cortó la vía de los estudios a los dieciséis años: “en Marruecos no reconocen oficialmente los títulos obtenidos en España”. Para él, cursar y volver al país de origen una vez obtenida la titulación superior no le hubiera salido rentable. Aunque dice saber “de oídas” que en algunos sectores, los diplomas obtenidos en Europa sí que comportan una distinción laboral, afirma que “nadie te garantiza un reconocimiento, más posibilidades de trabajo”, lo que, según él, comporta un “riesgo que no vale la pena asumir”. Su conclusión viene acompañada con un gesto de resignación: “No iré aquí [en España] a la universidad, allí [en su país de origen] no me servirá”.
La otra cara de la moneda
Horacio y Adriana representan los casos contrarios a los de Hakim y su hermano pequeño. El primero es argentino y tiene veintiocho años, es licenciado en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y trabaja en Barcelona como cronista deportivo para varios medios de prensa escrita y digital de su país. La segunda es de origen albanés, pero nacida en El Prat de Llobregat hace diecisiete años –pertenece a la llamada ‘generación 1.5’, hijos nacidos en España de padres inmigrantes- y, si todo va bien con las PAAU, comenzará a estudiar medicina en la UAB el curso próximo.
Ambos coinciden en enfatizar la importancia de las raíces tanto como lo hace la familia de Hakim, pero no ven sus orígenes como un impedimento para estudiar. Para ellos, la identidad se lleva dentro y se puede incluso hacer carrera profesional lejos de su país. “La patria puede esperar”, comenta Horacio.
El sudamericano afirma que en Argentina “el título tampoco es oficial pero el prestigio de recibirte en España facilita más las cosas que cualquier ahorro que te puedas llevar de vuelta a tu país”, aunque matiza que, en su caso, las condiciones han sido más favorables de lo que podrían ser en otros ejemplos. Para el periodista, el hecho de que tanto el país de origen como el de destino compartan idioma es una ventaja enorme. “Eso hace que los planes de estudios sean bastante parecidos”, afirma Horacio, que señala que la similitud en las culturas -“occidentales, latinas, relativamente laicas”- es otro punto a favor. Sin embargo, dice ser un “afortunado” por hacer unas labores lejos, “pero para una empresa de mi país”, factor que considera clave para poder volver algún día a Argentina y conservar el puesto.
Adriana no ha hecho todavía un camino profesional, pero pretende ser médico. Titularse en España, su país de nacimiento, y desarrollar su carrera aquí. Sus padres pretenden volver a Albania, pero ella no irá todavía: “está todo hablado y entienden que, habiendo vivido aquí siempre, quiera estudiar y trabajar aquí”, dice la joven. El asunto de sus raíces es distinto al resto de los casos, aunque cree posible “que viva algún día en Albania”, ya que también quiere conocer la tierra de la que es natural. Según Adriana, ese momento no es el actual, y señala la gran diferencia que hay en el nivel de vida como un motivo de peso para no partir. “Veremos más adelante”, afirma la aspirante a médico.
Planes educativos
La idea de volver al país de origen es sólo un ejemplo de lo que comporta el principal problema de la dificultad de acceso a los estudios superiores por parte de los inmigrantes: la adaptación y la implicación en el país de destino. Las dificultades que sufren, tales como el idioma, las costumbres o la precariedad económica, se unen a las reticencias por parte de algunos sectores de población inmigrante a asumir los cambios respecto a su cultura.
En Barcelona, la muestra ‘Inmigración, ahora y aquí’ trata, entre otros asuntos, la relación entre la realidad social que se encuentran los inmigrantes hoy en día en Cataluña y la capacidad para implicarse en su sociedad. La muestra, que incluye casos, historias de vida y datos estadísticos a partes iguales, hace varias llamadas de atención al visitante sobre la inmigración hoy en día. Durante meses, en todos y cada uno de los debates y ponencias que se han celebrado en el Palau Robert de Barcelona –donde se ubica la muestra-, las políticas educativas han aparecido por una parte o por otra: con un repaso a los casos de Francia o Gran Bretaña, con propuestas concretas y consejos de representantes de instituciones internacionales o bien con augurios sobre el futuro del sistema educativo catalán y español.
El parlamentario Mohammed Chaib indica que la implicación y el reconocimiento como iguales son los puntos que hay que reforzar respecto a las políticas sociales destinadas a los inmigrantes. “Si le preguntamos a un joven que se ha instalado en Cataluña si se siente catalán, dirá que sí en la medida en que le haya ido bien aquí”, afirma Chaib. La política educativa es el eje central de todo un sistema que, según el diplomático, se ha de orientar para lograr una mayor igualdad. El político explica que, en Cataluña, la futura Ley de Educación Catalana (LEC) es la base para conseguir unos mejores resultados. “La debemos aprobar, es por el bien del país”, sentencia, y analiza como puede repercutir en los jóvenes de orígenes no autóctonos: “trae un sistema educativo más igualitario, esto mejorará el sistema laboral, y eso les hará bien a ellos y creará un sentimiento de pertenencia a la sociedad”.
Mohammed Chaib va más allá, y defiende también la LEC por la “oportunidad” que se le da a la escuela concertada –recibirá mayores privilegios en cuanto a presupuestos-. El parlamentario considera positivo que se potencie y no ve porqué debería repercutir negativamente. “También es medio pública, y se equilibrará el porcentaje de familias inmigradas que recibe”, afirma. Además, indica que todo el peso no debería caer sobre la escuela pública y concluye con la fórmula que pretende representar la LEC: “es el camino correcto, una escuela concertada y privada potente y una pública de la más alta calidad”.
En su análisis de la situación, Mohammed Chaib pone como ejemplo de políticas sociales y educativas erróneas a Gran Bretaña y especialmente, a Francia. En efecto, los dos miembros de la UE han fallado en el punto que se identifica como problema también en España: la potenciación de la implicación de los jóvenes, sobre todo a la ‘segunda generación’ -ya autóctonos-. El problema de las banlieus representa las peores consecuencias que puede dejar una política poco integradora, pero, ¿el problema se proyecta a la universidad francesa?
La respuesta, por desgracia, es rotundamente afirmativa. Si observamos los datos de su presencia en las universidades ya no sólo en Francia, sino en Europa, la trayectoria que podría seguir el problema en España se hace más evidente. En los dos países a los que se refiere Chaib –y también en Alemania-, se dan unos porcentajes mucho mayores de universitarios no comunitarios, del 10% del caso alemán al 13,7% del francés. Parece un avance, pero nada más lejos de la realidad: la proporción engaña, ya que sólo la cantidad de inmigrantes que hay, por ejemplo, en Francia, respecto al total de la población –muy superior al caso español- posibilita esas estadísticas. Y es que, a pesar de todo, menos de un 5% de los jóvenes de ‘segunda generación’ llegan a la universidad en Francia, y de los que acceden, no completan los estudios en un 40% más que los estudiantes autóctonos.
Retos de futuro
Los próximos retos de la educación y la implicación de los inmigrantes empiezan a ser básicos en una sociedad cada vez más cosmopolita. Mientras se resuelva el éxito o fracaso ante estos retos, Hakim y su hermano seguirán, al menos por un tiempo, en Collblanc, Adriana intentará llegar a ser médico y Horacio seguirá con su tarea periodística. Quizás les va bien y quizás, en unos años contesten que sí se sienten de aquí.



