Palestinos israelíes, ciudadanos de segunda
Fidaa Hammou es una palestina israelí, hija de los que en 1948 decidieron quedarse en sus tierras. Estudia en España lo que en Israel no le está permitido, para volver luego a casa y ayudar a crear una sociedad israelí más justa.
Fidaa es una chica de 26 años natural de Haifa, una ciudad del norte de Israel. Desde hace cinco años vive en Barcelona porque no quiso esperar a los 23 para poder estudiar Logopedia. En el estado de Israel, los palestinos sólo pueden acceder a determinadas carreras universitarias a esa edad, pues es cuando los israelíes finalizan el servicio militar obligatorio. ”Se trata de carreras que te dan la posibilidad de trabajar en instituciones gubernamentales como hospitales o colegios, y a ellos no les interesa pagar sueldos a los árabes, prefieren pagárselo a los judíos”, explica Fidaa.
Antes de irse a España para estudiar, una consejera universitaria la convenció para que probara con la licenciatura de Lingüística. Era la única palestina de la clase, pero había personas que hablaban el árabe mejor que ella; que sabían el Corán de memoria; que dominaban el dialecto libanés, el iraquí, el jordano… “Más tarde comprendí que a esa gente le pagaba el ejército israelí para convertirlos en espías”.
El profesorado universitario no cuenta con libertad de cátedra. “Los profesores que intentan cambiar algo desde dentro están marginados, ven peligrar sus vidas y tienen que abandonar el país”. Ejemplo de ello es Tanya Reinhart, quien durante la Segunda Intifada entró en la clase de Fidaa y dijo: “Me dais asco. No sé qué venís a hacer a la universidad mientras estamos ocupando, matando y humillando a gente que está al otro lado del checkpoint (refiriéndose a Cisjordania)”. Tras su intervención, observada por un aula atónita, se marchó. Poco después volvió y dijo: “¿Sabéis una cosa?: si queréis, id a quejaros al Decano, porque yo voy a hacer actividad política. Aquí no me encuentro cómoda. Y todos deberíais hacer lo mismo”. Tras esto, Reinhart fue despedida y se marchó a Nueva York, donde murió hace dos años.
La educación en las escuelas no es mucho mejor. Tanto los colegios como los planes de estudio son diferentes para palestinos e israelíes. “Cuando estudias Historia en una escuela árabe y llegas a 1948, hay dos páginas en blanco. La palabra Palestina no está escrita en ningún libro. Los autores palestinos no se enseñan porque están prohibidos…”, ejemplifica Fidaa.
A pesar de que vive en una “democracia que controla los sentimientos”, ya que por ley no puede dar señales de tristeza al recordar el Nakba, Fidaa no cree que en España se viva mejor. Defiende que en Occidente hay tantos problemas como en Oriente Medio porque “la gente también sufre, aunque de otra manera”. Odia el individualismo imperante en el mundo occidental porque, según ella, hace infelices a las personas. Finalmente, y no sin esfuerzo, reconoce que España goza de más libertad personal que Israel, “pero toda mi vida he sabido adaptarme a cómo tengo que ser para la sociedad”, concluye en un tono defensivo.
Desea volver pronto a casa, algo que planea hacer en cuanto termine el máster. “Prefiero comerme mi mierda y no la mierda de otros”, afirma segura con un lenguaje coloquial. Su deseo es tener la posibilidad de transmitir toda la formación que ha conseguido en Barcelona. Incluso se plantea crear una facultad de logopedia o patología del lenguaje.
El racismo: origen del conflicto Israel se define como un estado judío democrático. Fidaa se enfada ante la incongruencia de que un país sea, a la vez, religioso y democrático: “la democracia se limita a los judíos, los palestinos están excluidos. En Israel no impera la democracia porque este sistema de gobierno se da cuando en el estado todo el mundo vive igual”. Si cualquier persona puede demostrar que tiene algún antepasado judío, el estado de Israel lo acogerá dándole trabajo. Sin embargo, los 5 millones de palestinos expulsados desde 1948 a 1967 no pueden volver a sus casas.
Fidaa sabe a la perfección la historia del pueblo judío, conoce a mujeres que aún llevan grabado el número del campo de refugiados y condena a los responsables de su sufrimiento porque “los mataron por el simple hecho de ser judíos”. Lo que no entiende es que actúen con los demás “con el mismo racismo con el que ellos fueron tratados”.
El estado de Israel vive en un constante apartheid. Jerusalén está dividida en cuatro barrios: el árabe, el armenio, el cristiano y el judío. En el resto de ciudades, los palestinos viven en los barrios marginales, separados de los israelíes. Ambos grupos sólo coinciden en dos ámbitos: el trabajo, ya que existe un único régimen económico; y el universitario, puesto que no hay universidades árabes en Israel, sólo dos en Cisjordania, a la que no se puede acceder. Aún así, no existe relación alguna entre árabes y judíos, al menos, no entre los adultos. Cuando los israelíes hacen el servicio militar son obligados a dar nombres, apellidos, teléfono y demás datos sobre los palestinos con los que tengan relación.
“La sociedad israelí es racista. Realmente cree que es el pueblo preferido de Dios y que tienen más derechos”. Fidaa explica que el racismo es tal que entre ellos mismos se discriminan; por ejemplo, es mejor ser un judío ruso que uno marroquí.
Vera Scheinerman, la madre de Ariel Sharon, narraba en su libro que cuando llegó a Israel, allí había bárbaros incultos y moros. Fidaa piensa que Occidente ha mercantilizado la idea de que aquello es un desierto y los israelíes van a construir un jardín, “pero lo que tenemos hoy en día es un jardín regado por ríos de sangre”. Esta metáfora hace referencia al hecho de que el estado de Israel no ha pasado más de diez años sin una guerra.
El punto de vista de los israelíes es radicalmente distinto al de Fidaa. Ellos definen sus acciones militares como defensa necesaria contra el terrorismo. El 10 de noviembre de 2000, el periódico israelí Ha’aretz publicaba acerca de los palestinos: “son extremistas capaces de matar a sus propios hijos por unos centímetros de lo que ellos consideran su tierra”. Pero Fidaa argumenta que no lucha por tener un estado: “Hay mucha gente que se está muriendo, los niños viven muy mal, sufrimos una gran falta de infraestructuras… Todo eso para mí es mucho más importante que la tierra”.
Los israelíes llevan tan al límite la lucha contra las ‘amenazas a la seguridad’ que son frecuentes los encarcelamientos administrativos, es decir, la ocultación al acusado de los cargos que se le imputan y la privacidad de su derecho de un juicio justo. En las universidades, hay soldados que registran a todo aquel que no esté en posesión del carné del servicio militar. “Todas estas acciones son un modo de encubrir su faceta racista”, apunta Fidaa.
Las vueltas a casa son una alegría a la vez que un suplicio, pues la retienen durante horas en el aeropuerto para hacerle preguntas de todo tipo, especialmente sobre sus relaciones sentimentales. Esto ocurre porque las palestinas del 48, por ley, no pueden dar su nacionalidad a ningún otro árabe que no sea del 48, esto es, no les está permitido casarse con árabes de Cisjordania, ni de Gaza, ni del Líbano… Si quieren hacerlo, deben marcharse al país de su pareja y no podrían volver a su casa nunca más. Esto es así porque los árabes en general son considerados como una amenaza por los judíos.
Un sueño: la paz En el artículo de Ha’aretz también podía leerse: “Los palestinos son terroristas, un pueblo violento, irresponsable y fanático que rechaza la generosa oferta de paz israelí”. Generosa o no, Fidaa sólo desea que palestinos e israelíes vivan en paz democráticamente. Mientras tanto, sólo cabe esperar a que “Occidente deje de dar juguetes (armas) al niño mimado (Israel)”.
Cuando esto ocurra, argumenta Fidaa, los judíos podrán pensar por sí mismos y, al no contar con el apoyo de Estados Unidos y otros países, se verán en la necesidad de “vivir bien con los otros”.
Un reportaje de Laura M. Jiménez. Con la colaboración de Irene Ballestear, Sandra Fontanet, Irene García-Arnau, Blanca Mendiguren y Olalla Oliván.



