La noche de ayer fue estival, estrellada, de acampada. La rotonda de acceso a Ras Lanuf estaba llena de combatientes, jóvenes milicianos comiendo el rancho de pan con arroz y salsa de carne en cuencos de aluminio. bebían agua embotellada y dormían al raso, junto a las pick-ups de las ametralladoras. Habían combatido durante todo el día tratando de llegar a Sirte. Casi ninguno de ellos vio al enemigo. Oyeron los disparos, eso sí, y vieron las explosiones, pero todo a una distancia prudencial y bien pertrehados. Sólo murieron cinco, según nos contó un agotado cirujano en el hospital de Ras Lanuf. La ciudad petrolera, de calles bien asfaltadas y arbolitos en las aceras -que contrastre con las depauperdas Bengasi y Ajdabiya- se quedó sin luz a las cinco de la tarde. Las fuerzas de Gadafi la cortaron de un bombazo. La noche, sin embargo, era luminosa y en ella se apoyaron los gadafistas para lanzar el primer contraataque desde que hace más de una semana se vieron obligados a retirarse de las afueras de Bengasi.
El ánimo en la tropa es extraño, una mezcla de euforia adolescente (ya somos hombres), de camaradería tribal y miedo. Saben por lo que luchan, que es mucho, y también saben que no hay vuelta atrás, que ninguno sobreviviría en una Libia con más Gadafi.
La sangre por verter hasta la caída del dictador aún puede ser mucha.
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