Beta version





photo

Camino del cambio

Xavier Mas de Xaxàs

Comentarios de actualidad


14/10/11 7:25

Memòria Fragmentada, la exposición sobre el 11-S que Francesc Torres ha montado en el CCCB recuerda a la capilla de Mark Rothko en Houston (Texas), un santuario circular, hipnótico, de exaltación de la ética y la espiritualidad.

El espacio del CCCB, diseñado por Lluís Pera, se articula en torno a un altar sobre el que descansa una pala de hélice, parte del móvil de Calder que colgaba en el vestíbulo de la Torre Norte. A su alrededor, formando un abanico, hay seis grandes pantallas horizontales y un espejo de las mismas dimensiones. La sala está en penumbra y brillan las pantallas donde se reproducen las fotografías que Francesc Torres realizó de los 1.500 objetos que pudieron salvarse de las ruinas del World Trade Center de Nueva York.

Las torres, al desmoronarse, se transformaron en 1,8 millones de toneladas de deshechos. Entre ellas, pulverizados, estaban los cuerpos de casi todos los muertos: 2.753 personas, incluidas las que iban en los dos aviones. Su ausencia crea un gran vacío que Torres traslada a las imágenes. Es un vacío neutro y, al mismo tiempo, muy emocional, que permite al espectador reconstruir a su manera la tragedia de aquel 11 de septiembre del 2001. Esta reconstrucción se ve facilitada porque las fotografías, ancladas en su misión documental, no imponen un discurso ideológico. No lo imponen a pesar de que hay un sustrato narrativo escorado hacia la jerarquía de los valores judeocristianos. ¿Por qué? Porque la fuerza del cataclismo es tan grande y las imágenes lo transmiten con tanta intensidad que no hay marco cultural, religioso o étnico que resista la sacudida. El hombre triunfa por encima de ellos.

Quizás esta sea la gran enseñanza del 11-S, su universalidad ética, la respuesta que provoca en los supervivientes, en los sensibles, la idea de que, enfrentados al vacío de la muerte, todos somos uno.

La utilidad del 11-S hubiera sido imposible sin un trabajo como el de Francesc Torres, sin el permiso que la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, propietaria del World Trade Center, dio a un grupo de arquitectos e ingenieros para que buscaran entre los ruinas los objetos que han permitido documentar lo ocurrido.

Este esfuerzo, según Torres, “es uno de los experimentos más extraordinarios en la preservación de la historia contemporánea desde la Segunda Guerra Mundial”. La colección incluye objetos personales de las víctimas –unas botas, un estuche de gafas, un uniforme de agente de seguridad–, vehículos de bomberos y policías, ambulancias, un taxi, la antena de comunicaciones, los vagones de metro, los muñecos de la tienda de Warner Bros, las vigas de acero, incluida la última que salió del solar donde estuvieron las torres, en mayo del 2002.

Las reliquias del 11-S se almacenaron en el hangar 17 del aeropuerto John F. Kennedy, una nave de 24.600 m2, suficiente para meter un Jumbo, que había pertenecido a la compañía Tower Air, especializada en vuelos chárter entre Nueva York y Tel Aviv. Las Torres Gemelas, en todo su esplendor, aparacen retratadas en el vestíbulo de este hangar. Es una imagen promocional de Tower Air, en blanco y negro, tomada desde el aire, con uno de sus B-747 volando en primer plano sobre la estatua de la Libertad, mientras el sol baña de blanco el World Trade Center. El conjunto forma un símbolo impoluto, innamovible, de la supremacía de un imperio que entonces aún se creía imprescindible.

Torres considera que los objetos del 11-S nunca tendrán mejor museo que el hangar 17. “Es un museo de historia no natural”, ha comentado, un lugar que él descubrió en el 2006 y donde vio que el 11-S aún seguía vivo. “No era el 11-S pero no dejaba de serlo”. Tres años después, en abril del 2009, el National September 11th Memorial Museum le pidió que fotografiara los objetos. De todos ellos, los más misteriosos, los que encierran, tal vez, los códigos secretos de aquel martes de septiembre del 2001, son los compuestos, bloques de materiales aplastados y fundidos por la presión y las altas temperaturas que hubo en la zona cero durante meses. Pesan entre 12 y 15 toneladas. En uno de estos bloques, que mide 1,3 metros de alto, hay comprimidas cuatro plantas de una de las torres. Parece roca volcánica y sobre la superficie, desafiando la lógica del cataclismo, despuntan hojas de papel, papeles de oficina que no se quemaron a pesar de la energía liberada por unas ruinas que ardieron durante cien días.

Torres compara la carga emocional de las imágenes, su sentido y mérito visual, con la de muchas fotografías de guerra y menciona las de Robert Fenton en la guerra de Crimea (1853-1856), especialmente la titulada El valle de la sombra de la muerte, un paisaje en color sepia, desértico, sin un alma, cortado por un camino sembrado de bolas de cañón.

Como eco de aquella guerra, la primera guerra moderna, entre las ruinas del 11-S, surge una bota muy sucia y dañada, que Torres aisla en un entorno neutro. La presenta teñida de sepia para luego diluirla en blanco y negro. Emociona verla, y también duele. Es una obra de arte en sí misma, una que manifiesta con claridad la función política, además de cultural, del mejor arte contemporáneo.

Las asociaciones con el arte del siglo XX son inevitables. Acuden al espectador de forma natural. Las vigas de acero, torcidas como si fueran blandas, es fácil asociarlas con Richard Serra, del mismo modo que los vehículos chafados hablan de John Chamberlain.

Flotando sobre el conjunto, sin embargo, envuelto en el manto espiritual de Rothko, aparece Joseph Beuys, el artista que dijo que cualquiera puede ser un artista, el piloto de la Luftwaffe que fue derribado en 1943 en Crimea y salvado de las heridas y el frío por unos tártaros que lo embadurnaron de grasa y cubrieron con fieltro, el filósofo que rompió las fronteras del arte y defendió su centralidad en un orden social más humano y más libre.

La colección del hangar 17 se encuentra ahora dispersa por diferentes museos y lugares conmemorativos, pero si pudiéramos volver a verla como Francesc Torres la vio, seguramente podríamos decir que además de ser memoria es arte, y a medida que nos alejáramos del 2001, seguramente, el arte se impondría a la memoria, uniría sus fragmentos y formaría, en el hangar 17, una narrativa que nos acercaría a la verdad del 11-S.




20/09/11 12:55

Orhan Pamuk, premio Nobel de literatura, publicó El museo de la inocencia hace tres años. La novela narra una historia de amor en el Estambul de los años setenta. Kemal Basmaci, un burgués de 30 años, a punto de casarse con Sibel, se enamora de Füsun Harin, "una pariente lejana y pobre de 18 años". Con ella pasa los días más felices de su vida y es el afán por conservar esta felicidad a toda costa, de mostrar al mundo el orgullo de su amor y admiración por Füsun, lo que lo lleva a coleccionar los objetos que ella tocaba y tenía, las cosas que configuraban su existencia. Es más, decide exponerlos en un museo, el Museo de la Inocencia, situado en la calle Çukurkuma de Estambul, en una casa de tres plantas, con la fachada bermellón.

La novela incluye un mapa con la ubicación exacta y también una entrada para que los lectores no tengan que pagar. El museo, al que aún le faltan unos cuantos meses para abrir, transforma la ficción en realidad. Por una parte, priva al lector de su derecho a la imaginación, de su privilegio a completar y participar del mundo ideado por el escritor. Por otra, sin embargo, lo invita a ser parte de la novela. Mientras dura la visita, en la casa en la que había vivido Kemal, donde se exponen, ordenados en vitrinas, los objetos que hablan de la vida de Füsun, el lector tiene el privilegio de sentir la emoción de ese amor, de comprobar, como escribe el propio Pamuk que "los objetos que nos quedan de los momentos felices guardan con mucha más fidelidad que las personas que nos hicieron vivir esa dicha, el placer de su recuerdo, sus colores, sus impresiones táctiles y visuales".

Hace un mes llegué hasta la casa de Kemal. Estaba cerrada pero había gente dentro. Una placa indicaba que el museo había vuelto a retrasar su inauguración, prevista inicialmente para el 2010. Metí la cabeza por una ventana e intenté sacar una foto de la planta baja, concretamente del vídeo que se proyecta sobre la pared blanca, un bucle de besos encadenados extraídos de películas turcas de los años setenta.

Mientras me peleaba con el encuadre, la señora Aral me dijo que no se podían hacer fotos. Llegaba de la compra, con una bolsa de plástico en cada mano. La calle Çukurkuma es estrecha, apenas pasan coches. Los niños juegan a fútbol y los vecinos hablan en los portales. "Vuelva el año próximo", me dijo. Le pregunté por qué la inauguración se demoraba tanto. Me habló de obras interminables y de la meticulosidad del señor Pamuk, la dificultad de que todo estuviera en su sitio, de que los objetos trazaran la línea del relato. Le pedí poder echar un vistazo rápido, comprobar que el museo -del que nadie había sabido darme razón y del que no hay nada en internet- era de verdad. La señora Aral sonrió. Debían pesarle las bolsas del súper. "Sólo un momento y nada de fotos", dijo mientras empujaba la estrecha puerta de madera e iniciaba el tránsito, como en un relato fantástico, a la dimensión secreta de la realidad.

83 vitrinas, una por capítulo

La casa, por dentro, es más estrecha de lo que parece desde fuera. La escalera sube pegada a la pared, como un balcón sobre el vestíbulo. El péndulo de un reloj restaurado cuelga desde el segundo piso. Cada uno de los 83 capítulos de la novela tiene una vitrina y allí están todos los fetiches que Pamuk colecciona desde hace 30 años y que son los mismos objetos que Kemal atesora sobre Fünsun, la naturaleza muerta de una relación eternizada: saleros, llaves, la llave del hotel Fatih, perritos de porcelana, relojes, dedales, cucharillas, tazas de té, mechones de pelo, horquillas, los zapatos amarillos que Füsun llevaba puestos la primera vez que Kemal la vio en la tienda Champs Élysées, el cuadro que Kemal manda hacer sobre la vista de la casa de los padres de Füsun desde la calle, con la ventana de ella iluminada, el menú del restaurante Vestíbulo, los cromos de artistas de los chiclesZambo, las entradas de los cines de Beyoglu, la linterna del acomodador, piezas del Chevrolet del 56 color cereza madura, el pendiente que Füsun perdió haciendo el amor con Kemal en lo que para él fue el día más feliz de su vida, el perfume de Füsun, que huele (y aquí el lector recupera el privilegio de imaginar porque es un museo sin olores) "a algas marinas, caramelo quemado y galletas de niño", el pañuelo de algodón con florecitas, las postales de los rincones de Estambul donde pasearon juntos de la mano y la foto de Füsun, "los brazos color de miel, el bañador negro con el número 9, su cara nada alegre, todo lo contrario, más bien triste, su cuerpo maravilloso y la intensidad humana y la espiritualidad que nos maravillaban".

El recorrido por el edificio termina en el desván del tercer piso, donde está la habitación de Kemal, un cuarto de pobre, con la cama donde tantas veces se había acostado con Füsun, donde él y Pamuk bebían raki hablando del museo y donde ahora hay una maleta y unas cuantaspostales enganchadas a la pared y también los manuscritos de la novela, colgados detrás de unos cristales protectores.

"Con mi museo -escribe Pamuk- pretendo enseñar no sólo al pueblo turco sino a todas las naciones del mundo, que se sientan orgullosos de la vida que llevamos. He viajado y lo he visto: mientras los occidentales se enorgullecen, la inmensa mayoría del mundo vive avergonzada. Sin embargo, si las cosas que nos dan vergüenza en la vida se exponen en un museo, de inmediato se convierte en motivo de orgullo".

Orhan Pamuk, según le contó un día a su colega Jordi Soler, se inspiró en el Museu Marès de Barcelona para hacer el Museo de la Inocencia. Del Marès le gusta el espíritu del coleccionista, las piezas pequeñas, cada una con su etiqueta, y la poca gente que se detiene a mirar y curiosear.

En el Museo de la Inocencia tampoco habrá mucha gente, cincuenta como mucho, y será necesario concertar una cita. Será un museo para que los amantes se besen, donde se podrá mascar chicle y donde los vigilantes llevarán corbatas con dibujos de los delicados pendientes de Füsun.

En Otros colores , el premio Nobel turco confiesa que la actitud del escritor respecto a la vida es como "observar desde el margen una diversión lejana" y cuando acaba la fiesta y nadie los ve, Kemal y Pamuk roban los objetos que permiten recordar eternamente esos instantes y escribir sobre ellos.

Los visitantes del Museo de la Inocencia, si tienen suerte y la ficción mantiene su magia realista, podrán ver a Kemal bajar del desván en pijama y mezclarse entre ellos para dejar claro "que he tenido una vida feliz".




2/05/11 19:08

Una vez, hace casi diez años, Bin Laden nos metió el miedo en el cuerpo. Yo vivía en Washington, una ciudad ese día desierta, atemorizada, esa noche del 11-S, y unos meses después escribí el texto que sigue. Lo utilicé de prólogo para un libro que titulé "La sonrisa americana". Conserva un patriotismo que responde a la dificultad del momento y el convencimiento de que debajo de todas las mentiras aún hay gente con suerte.

De Estados Unidos, por encima de todo, nos gustan sus sueños. Nos gusta que sea un país radicalmente nuevo, construido por emigrantes que aspiran al mundo ideal. Bajo la arrogancia del dólar, el Pentágono, la Casa Blanca, Wall Street y el racismo, aún tenemos espacio para la fascinación por una cultura y una sociedad que envidiamos porque está convencida de que ha tocado el cielo y realizado sus sueños. El sueño americano, por delirante y utópico que parezca, sigue siendo un sueño que se hace realidad, aunque sea a cuentagotas.

El capitán Ehab es una de estas gotas afortunadas. Hace tiempo que conoce las ventajas de la gran autoestima americana. Los americanos le caen bien a pesar de todos los inconvenientes de ser inmigrante musulmán en Washington DC. Nació en Alejandría (Egipto) y se gana la vida con un taxi de lujo. Un Lincoln negro que compró de segunda mano con 160.000 kilómetros. El sueño de su vida. Alcanzarlo le ha costado el dinero que no tiene, a pesar de haberse pasado más de seis años haciendo jornadas interminables al volante de un taxi que no era suyo. Ahora está en su mejor futuro posible: Tapicería de cuero, suelo cubierto con alfombras de El Cairo y, sobre el asiento, un cojín de terciopelo granate con bordados de oro para que sus clientes, vecinos de los mejores suburbios de Washington, puedan apoyar el codo mientras él los lleva y los trae de sus casas a uno de los tres aeropuertos de la ciudad. Ni siquiera en los peores momentos posteriores al 11-S el capitán Ehab se sintió despreciado. Aprovechó el cierre de los aeropuertos para llevar a su familia a la playa. Tiene dos hijos pequeños y una esposa que se baña en el mar vestida de pies a cabeza.

A Ehab le gusta la música clásica. Cuando no sintoniza las noticias de la Natio nal Public Radio pone una emisora que sólo emite música clásica. Recuerdo un concierto de piano de Beethoven, a finales de enero de 2002. El número 5, Emperador. Habíamos salido del aeropuerto Reagan National poco antes de las nueve de la noche. El puente aéreo de Delta entre Nueva York y Washington volvía a funcionar con normalidad. Bordeamos el Pentágono, con uno de sus lados completamente destruido en el ataque de Al Qaeda, y remontamos el Potomac por el George Washington Parkway. Hacía frío y el ambiente estaba despejado. Era una noche límpia. Los monumentos iluminados del Mall transmitían el poder de la república. El Capitolio, al fondo, y el Kennedy Center, más cerca. Cogimos la salida del cementerio de Arlington y al cruzar el río por el Memorial Bridge empezó a sonar el adagio. Siempre me ha sorprendido la gran habilidad que tienen los americanos para ponerle música la vida, aunque no se lo propongan. Las notas largas y profundas llenaban el coche. La tranquilidad vestía un paisaje que se dejaba mecer por las aguas suaves y negras del Potomac. El tráfico circulaba a cámara lenta. El país estaba en guerra. Lo había dicho el presidente unos días antes, en el discurso sobre el estado de la Unión. Desde la tribuna de la Cámara de Representantes nos había hablado del eje del mal, de un enemigo amorfo y de un gran peligro que ha venido a quedarse muchos años. El miedo y la resolución puntuaban su discurso.

Eran el mismo miedo y la misma resolución con la que Occidente se ha enfrentado al islam desde hace más de mil años. Bernard Lewis, el veterano experto anglosajón sobre Oriente Próximo, acababa de escribir un largo artículo con estos ingredientes tan erróneos. Lo había estado leyendo en el vuelo de Nueva York a Washington. Entre las muchas cosas que aseguraba, estaba que a los árabes no les interesa la música clásica occidental y utilizaba el dato p ara explicar el auge del fundamentalismo islámico. Como los árabes eran incapaces de adoptar lo mejor de la cultura occidental estaban condenados a la barbarie. No cabía duda. La ignorancia, la violencia y la venganza volvían a pasearse por Washington.

El coche pasó junto al monumento a Abraham Lincoln. Un templo neoclásico de mármol blanco y dimensiones colosales levantado para preservar la memoria. A los americanos, y aquí hay que incluirlos a todos, sean gringos o latinos, les gusta celebrar el pasado. Allí encuentran la esencia revolucionaria, la fe, en definitiva, que necesitan para asumir su destino. Saben que sin esta fe es imposible gestionar el presente ni planificar el futuro.

Ehab no decía nada. A la derecha del volante, sobre las salidas de aire, había colocado una foto de su hijo mayor, un niño de seis años que sonreía junto a Ronald, el payaso de McDonald’s. En la punta de la antena ondeaba una pequeña bandera americana. Tuve entonces la sensaci ón de estar en el centro de Occidente. Puede que fuera a consecuencia de la música de Beethoven, tan sagrada y mística. Llevaba más de cinco años viviendo en Estados Unidos y esa noche había comprendido que Washington es el centro vital de Occidente. Allí se construye la libertad real, la única posible, la que no se parece en nada a la de los poemas, ni tampoco a la que evocan los políticos y presidentes. Esta es una libertad sucia, cargada de errores e injusticias. El Pentágono, el FBI, la CIA y tantos otros organismos secretos y semisecretos trabajan para que el poder se acueste con la libertad.

Es esta libertad al servicio del poder la que mantiene encendidas las luces de nuestro Nueva York particular y nos ayuda a dormir tranquilos, aunque no nos guste nada porque cobra mucho y nos repugnan sus perfumes.

Esta es la libertad que permite el avance imparable de la tecnología, de la corrupción empresarial y política, del auge y caída de la nueva economía, de la preponderancia de Dios y los “mass media”, de la evasión de Hollywood, de la divertida ligereza de la cultura popular y del despertar, a raíz de los atentados del 11-S, de un gigante militar, que llevaba muchos años aletargado.

El 11-S ha convertido a Estados Unidos en una potencia arrogante, que seguirá ampliando su dominio sobre el resto del mundo durante el futuro previsible. Por primera vez desde la caída del muro de Berlín y el colapso del imperio soviético, Estados Unidos tiene la oportunidad y la motivación necesaria para cambiar el mundo. No hay duda de que lo hará. Aumentará su poderío militar y tecnológico para expander sus ideales y mercados.

Esta expansión arranca de la revolución americana de 1776, heredera de la Ilustración y pionera de las revoluciones que luego transformaron Europa y el mundo. Ganada la guerra ideológica al comunismo soviético, a la república americana no le queda más reto ideológico que China y el radicalismo islámico.

La libertad, el progreso y la democracia son las armas ideológicas y propagandísticas con las que Washington intentará que el siglo XXI aún sea más americano que el XX, es decir, que la felicidad de nuestros hijos aún dependa más que la nuestra de todo lo que lleve el sello “made in USA”.

Lo más valioso que tiene el experimento americano, sin embargo, es que estas mismas armas son las que nos permitirán construir nuestro mejor mundo posible. Con libertad para la creación y la indignación aspiramos a convertir nuestros sueños en realidad. Es lo que hace a diario el capitán Ehab, siguiendo el ejemplo de Abraham Lincoln en el peor momento de la república, cuando el país estaba roto y el futuro se escribía con sangre y fuego.

Es gracias a ciudadanos como Ehab y Lincoln que la república estadounidense lidera el mundo. Su credo íntimo, el que tantas veces se ve traicionado por el argumento del drama democrático, se basa en el diálogo y la tolerancia, en la firme creencia de que el único progreso posible es tan pacífico y compasivo como un peluche de feria encima de una colcha hortera.




29/03/11 6:11

La noche de ayer fue estival, estrellada, de acampada. La rotonda de acceso a Ras Lanuf estaba llena de combatientes, jóvenes milicianos comiendo el rancho de pan con arroz y salsa de carne en cuencos de aluminio. bebían agua embotellada y dormían al raso, junto a las pick-ups de las ametralladoras. Habían combatido durante todo el día tratando de llegar a Sirte. Casi ninguno de ellos vio al enemigo. Oyeron los disparos, eso sí, y vieron las explosiones, pero todo a una distancia prudencial y bien pertrehados. Sólo murieron cinco, según nos contó un agotado cirujano en el hospital de Ras Lanuf. La ciudad petrolera, de calles bien asfaltadas y arbolitos en las aceras -que contrastre con las depauperdas Bengasi y Ajdabiya- se quedó sin luz a las cinco de la tarde. Las fuerzas de Gadafi la cortaron de un bombazo. La noche, sin embargo, era luminosa y en ella se apoyaron los gadafistas para lanzar el primer contraataque desde que hace más de una semana se vieron obligados a retirarse de las afueras de Bengasi.

El ánimo en la tropa es extraño, una mezcla de euforia adolescente (ya somos hombres), de camaradería tribal y miedo. Saben por lo que luchan, que es mucho, y también saben que no hay vuelta atrás, que ninguno sobreviviría en una Libia con más Gadafi.

La sangre por verter hasta la caída del dictador aún puede ser mucha.




15/03/11 16:38

No entiendo por qué la información oficial sobre el accidente en la planta de Fukushima es tan desigual, incluso contradictoria en muchos casos. Ni por qué el lobby pro nuclear es tan triunfalista (sobre todo en España y Catalunya). Entiendo que la energía nuclear es útil pero no entiendo que los expertos sepan tan poco y que los intereses económicos y políticos se impongan siempre.

No entiendo por qué la comunidad internacional va a dejar que las fuerzas de Gadafi barran a los rebeldes y machaquen (como ya están haciendo en Trípoli) a la población civil que salió a manifestarse.

No entiendo por qué el terremoto de Japón ha ido al rescate de Gadafi.

No entiendo por qué los medios de comunicación queman las grandes noticias en diez días. No importa que sean desastres naturales o revoluciones árabes. Diez días es la capacidad de atención de la audiencia saturada.

No entiendo por qué nadie reacciona en España a la gravísima amenaza del colapso financiero de las cajas de ahorro, un colapso cantado por los mercados internacionales que afectará a nuestro crecimiento económico durante año, ni porqué la justicia no persigue a los bancos que prestaron dinero a gente que no iba a poder devolverlo, gente que han exprimido hasta el final y que no han recibido ayudas del estado, como sí las han recibido los bancos que les vendieron producots que ni siquiera podían entender. El fiscal general de Nevada (Estados Unidos) lo ha hecho.

No entiendo por qué los políticos españoles y catalanes acusados de corrupción (y hay demasiados) lo primero que hacen es atacar a la justicia, la misma justicia que ellos hacen todo lo posible por controlar y a la que nosotros, los ciudadanos de a pie, los que no somos ni ricos ni poderosos, no tenemos más remedio que plegarnos.

No entiendo por qué la política educativa ha de ser siempre el primer foco de tensión de todo nuevo gobierno, empeñado en cambiar los planes de estudio y los calendarios escolares de su predecesor.

No entiendo por qué los impulsos eléctricos que mueven nuestras neuronas se traducen en sentimientos y conciencias, en acciones y deseos.

No entiendo a una España que, por más que lo intenta, no se entiende a sí misma. Una España dominada por mesetarios y andaluces en la esfera política y por levantinos y vascos en la económica.

No entiendo la cultura de la violencia en Euskadi.

No entiendo la cultura de la indecisión y la ambigüedad en Catalunya.

No entiendo por qué unas monjas de clausura de Zaragoza guardaban un millón de euros en billetes de 500 metidos dentro de tres bolsas de basura, ni por qué un día se vinculó al arzobispo de Barcelona con el tráfico ilegal de armas.

No entiendo por qué la oferta cultural de los museos españoles es tan simple o tan abstracta.

No entiendo la física quántica ni cómo funciona nuestro ADN y, por lo tanto, no puedo saber cómo estoy hecho y qué había antes del Big Bang, el origen de la vida, aunque la verdad es que tampoco lo necesito para irme a casa tras poner este punto final.