Memòria Fragmentada, la exposición sobre el 11-S que Francesc Torres ha montado en el CCCB recuerda a la capilla de Mark Rothko en Houston (Texas), un santuario circular, hipnótico, de exaltación de la ética y la espiritualidad.
El espacio del CCCB, diseñado por Lluís Pera, se articula en torno a un altar sobre el que descansa una pala de hélice, parte del móvil de Calder que colgaba en el vestíbulo de la Torre Norte. A su alrededor, formando un abanico, hay seis grandes pantallas horizontales y un espejo de las mismas dimensiones. La sala está en penumbra y brillan las pantallas donde se reproducen las fotografías que Francesc Torres realizó de los 1.500 objetos que pudieron salvarse de las ruinas del World Trade Center de Nueva York.
Las torres, al desmoronarse, se transformaron en 1,8 millones de toneladas de deshechos. Entre ellas, pulverizados, estaban los cuerpos de casi todos los muertos: 2.753 personas, incluidas las que iban en los dos aviones. Su ausencia crea un gran vacío que Torres traslada a las imágenes. Es un vacío neutro y, al mismo tiempo, muy emocional, que permite al espectador reconstruir a su manera la tragedia de aquel 11 de septiembre del 2001. Esta reconstrucción se ve facilitada porque las fotografías, ancladas en su misión documental, no imponen un discurso ideológico. No lo imponen a pesar de que hay un sustrato narrativo escorado hacia la jerarquía de los valores judeocristianos. ¿Por qué? Porque la fuerza del cataclismo es tan grande y las imágenes lo transmiten con tanta intensidad que no hay marco cultural, religioso o étnico que resista la sacudida. El hombre triunfa por encima de ellos.
Quizás esta sea la gran enseñanza del 11-S, su universalidad ética, la respuesta que provoca en los supervivientes, en los sensibles, la idea de que, enfrentados al vacío de la muerte, todos somos uno.
La utilidad del 11-S hubiera sido imposible sin un trabajo como el de Francesc Torres, sin el permiso que la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, propietaria del World Trade Center, dio a un grupo de arquitectos e ingenieros para que buscaran entre los ruinas los objetos que han permitido documentar lo ocurrido.
Este esfuerzo, según Torres, “es uno de los experimentos más extraordinarios en la preservación de la historia contemporánea desde la Segunda Guerra Mundial”. La colección incluye objetos personales de las víctimas –unas botas, un estuche de gafas, un uniforme de agente de seguridad–, vehículos de bomberos y policías, ambulancias, un taxi, la antena de comunicaciones, los vagones de metro, los muñecos de la tienda de Warner Bros, las vigas de acero, incluida la última que salió del solar donde estuvieron las torres, en mayo del 2002.
Las reliquias del 11-S se almacenaron en el hangar 17 del aeropuerto John F. Kennedy, una nave de 24.600 m2, suficiente para meter un Jumbo, que había pertenecido a la compañía Tower Air, especializada en vuelos chárter entre Nueva York y Tel Aviv. Las Torres Gemelas, en todo su esplendor, aparacen retratadas en el vestíbulo de este hangar. Es una imagen promocional de Tower Air, en blanco y negro, tomada desde el aire, con uno de sus B-747 volando en primer plano sobre la estatua de la Libertad, mientras el sol baña de blanco el World Trade Center. El conjunto forma un símbolo impoluto, innamovible, de la supremacía de un imperio que entonces aún se creía imprescindible.
Torres considera que los objetos del 11-S nunca tendrán mejor museo que el hangar 17. “Es un museo de historia no natural”, ha comentado, un lugar que él descubrió en el 2006 y donde vio que el 11-S aún seguía vivo. “No era el 11-S pero no dejaba de serlo”. Tres años después, en abril del 2009, el National September 11th Memorial Museum le pidió que fotografiara los objetos. De todos ellos, los más misteriosos, los que encierran, tal vez, los códigos secretos de aquel martes de septiembre del 2001, son los compuestos, bloques de materiales aplastados y fundidos por la presión y las altas temperaturas que hubo en la zona cero durante meses. Pesan entre 12 y 15 toneladas. En uno de estos bloques, que mide 1,3 metros de alto, hay comprimidas cuatro plantas de una de las torres. Parece roca volcánica y sobre la superficie, desafiando la lógica del cataclismo, despuntan hojas de papel, papeles de oficina que no se quemaron a pesar de la energía liberada por unas ruinas que ardieron durante cien días.
Torres compara la carga emocional de las imágenes, su sentido y mérito visual, con la de muchas fotografías de guerra y menciona las de Robert Fenton en la guerra de Crimea (1853-1856), especialmente la titulada El valle de la sombra de la muerte, un paisaje en color sepia, desértico, sin un alma, cortado por un camino sembrado de bolas de cañón.
Como eco de aquella guerra, la primera guerra moderna, entre las ruinas del 11-S, surge una bota muy sucia y dañada, que Torres aisla en un entorno neutro. La presenta teñida de sepia para luego diluirla en blanco y negro. Emociona verla, y también duele. Es una obra de arte en sí misma, una que manifiesta con claridad la función política, además de cultural, del mejor arte contemporáneo.
Las asociaciones con el arte del siglo XX son inevitables. Acuden al espectador de forma natural. Las vigas de acero, torcidas como si fueran blandas, es fácil asociarlas con Richard Serra, del mismo modo que los vehículos chafados hablan de John Chamberlain.
Flotando sobre el conjunto, sin embargo, envuelto en el manto espiritual de Rothko, aparece Joseph Beuys, el artista que dijo que cualquiera puede ser un artista, el piloto de la Luftwaffe que fue derribado en 1943 en Crimea y salvado de las heridas y el frío por unos tártaros que lo embadurnaron de grasa y cubrieron con fieltro, el filósofo que rompió las fronteras del arte y defendió su centralidad en un orden social más humano y más libre.
La colección del hangar 17 se encuentra ahora dispersa por diferentes museos y lugares conmemorativos, pero si pudiéramos volver a verla como Francesc Torres la vio, seguramente podríamos decir que además de ser memoria es arte, y a medida que nos alejáramos del 2001, seguramente, el arte se impondría a la memoria, uniría sus fragmentos y formaría, en el hangar 17, una narrativa que nos acercaría a la verdad del 11-S.
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