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Los poetas del ópalo callado

Jordi Soler

Novelista y caballero de la irlandesa Orden del Finnegans. La fiesta del oso (Mondadori,2009) es su novela más reciente


15/08/11 13:57

La revolución en el bolsillo

La semana pasada, distraído por las noticias de las revueltas inglesas, que se iban amontonando en mi cuenta de Twiter, dejé de lado la página que estaba escribiendo para atender a esa nueva ola de protestas que ahora menoscaban el orgullo, la flema y la economía, del imperio británico. Hace seis meses escribí, en esta misma columna, de una violenta manifestación estudiantil que, en mi paso hacia la universidad de Cambridge, casi me arrolló en las calles aledañas a Picadilly Circus. Entonces decía, textualmente: “la revuelta de estudiantes, que pasaba por un momento de oscura violencia, era cercada por la policía, al tiempo que una incipiente nevada, alborotada por una ventisca, comenzaba a pintarlos a todos de blanco. La imagen era de un dramatismo conmovedor, remitía a aquellas revueltas juveniles ya mitológicas del 68…”. Aquello del 68, que con tanta ligereza escribí en diciembre, ya no funciona con las revueltas de Londres, ni con los Indignados de España, ni con las diversas revoluciones árabes. En seis meses nos hemos dado cuenta de que la protesta es más amplia, más profunda y más incontrolable que aquella del mayo francés. En fin, dejé de lado la página que estaba escribiendo y solucioné la tentación de irme a plantar frente al televisor, de la manera en que suelen resolverse las tentaciones: cayendo en ellas. Pasando de largo frente a aquel sonsonete, que dosmil años de cristianismo han troquelado en nuestro cerebro y que dice: “nos nos dejes caer en la tentación…”. Y, ¿por qué no?. Me senté frente al televisor, empecé por el noticiario de las 7 en Channel 4, que me parece el mejor noticiario del mundo, y luego fui alternando entre la BBC y Sky news, que transmitían en directo una revuelta que empezaba a espesarse en el centro de Manchester, contrastada con los preparativos de los 16,000 policías que salían esa noche a patrullar los barrios conflictivos de Londres. Las escenas que vi, y que usted habrá visto también hasta la saciedad, eran más vandálicas que de protesta, se veía una turba de personas rompiendo una vitrina y luego entrando a saco a las tiendas para llevarse botellas, camisetas de futbol y, sobre todo, cacharrería electrónica, teles, teléfonos, iPods, computadoras. Unas escenas que muy poco, o nada, tienen que ver con las protestas civilizadas y pacíficas que siguen teniendo lugar en España. Cuando el locutor que transmitía la revuelta en directo, en pleno territorio comanche, lograba dialogar con alguno de los participantes, todo lo que decían es que estaban hartos de la represión de la policía y de la desigualdad rampante, que ellos pretendían paliar haciéndose de enseres por la fuerza en un centro comercial. No había ni ideología, ni proyecto, dos carencias diabólicas en esa juventud sin futuro. Como toda movilización, la de Londres fue coordinada a través de la red, pero no de Twiter, como ha pasado en otros países, sino del servicio de mensajería que ofrecen los teléfonos Blackberry. A mi esto me parece el punto distintivo de la revuelta inglesa: el teléfono Blackberry es un sofisticado aparato que fue concebido con la idea de que el ejecutivo de avanzada, pudiera traer su oficina a cuestas, pudiera llamar, enviar mails, consultar internet, atender su negocio en cualquier momento y lugar, a mitad de una comida, de un viaje en yate o de un orgasmo. De hecho el lema de estos teléfonos es: allí donde estés está tu oficina. Quizá los gamberros ingleses han optado por comunicarse con Blackberry porque es una red privada, no como Twiter que es pública y susceptible de ser monitoreada por la policía; pero cualquiera que sea la razón, le han dado una vuelta completa al concepto de este teléfono: el “allí donde estés está tu oficina”, se ha metamorfoseado en: “lleva la revolución en tu bolsillo”. Nadie sabe para quién trabaja y, con los gamberros ingleses de Blackberry, el capitalismo se ha mordido la cola. www.jordisolerescritor.com


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