Hace diez años me puse una gabardina, un sombrero para protegerme de una llovizna pertinaz, y salí de mi oficina rumbo al puerto de Dún Laoghaire. Vivíamos en Dublín desde hacía dos meses, yo era agregado cultural de la embajada de México en Irlanda y Alexandra, mi mujer, hacía malabares para cumplir con sus obligaciones de corresponsal de una estación de radio y, simultáneamente, atender a nuestro hijo mayor que era entonces muy pequeño. Llevábamos dos meses viviendo en casas provisionales, habíamos dejado una casita en el barrio de Ballsbridge, con un pequeño jardín y un asador, donde la familia de Homero Simpson hubiera sido muy feliz, para mudarnos a un departamento, menos agobiante que la casita, que tenía vistas a Herbert Park, uno de esos parques verde eléctrico, de vegetación salvaje y despeinada, que tiene Dublín. Yo llevaba unos días dando largas a la compañía de mudanzas que tenía nuestros muebles, que habían viajado desde México por mar, y que ya estaban en un hangar del puerto, listos para irse a una bodega por la que había que pagar un alquiler. Pagar ese alquiler nos parecía absurdo, por eso nos urgía encontrar una casa definitiva aunque al final, como la casa tardó todavía en aparecer, la compañía de mudanzas terminó enviando nuestros muebles a la bodega. Pero ese día, el 11 de septiembre del año 2001, Alexandra había encontrado un par de posibles casas que visitaría en la tarde, y habíamos quedado de vernos a la hora de comer para valorarlas, en el restaurante Na mara (En el mar, en lengua gaélica), que era una gran casa blanca, que antes había sido una estación de tren, con vistas a la bahía, al ir y venir de los barcos, a ese denso trajín que tienen los puertos. Salí de mi oficina a la una y media, caminé, maltratado por la lluvia y las ventiscas, por Ailesbury road hasta la estación Sidney parade y ahí me subí al tren. A esas horas todavía no amanecía en Nueva York. Hice el viaje hasta Dún Laoghaire, cinco, seis estaciones a lo sumo, leyendo el libro North, de Seamus Heaney, ese portentoso poeta irlandés, con quién me encontraría al día siguiente para hablar de varios temas. Cuando bajé del tren la lluvia había desaparecido y había incluso algo de sol. Llegué al restaurante y pedí una mesa y una cerveza, y seguí leyendo a Heaney hasta que llegó Alexandra con nuestro hijo dormido en su carrito. Mientras verbalizábamos nuestra situación inmobiliaria fuimos comiendo una sopa de verduras y después alguno de los pescados locales y, ya para el momento del café, habíamos concluido que nos tomaríamos con calma la búsqueda de casa, que rescataríamos nuestros muebles hasta que encontráramos un sitio que nos gustara de verdad mucho y que la vida a salto de mata en Dublín tenía sus encantos: no teníamos cafetera y yo había inventado un sistema para hacer café con una coladera y un puño de algodón, y nuestro hijo no tenía cuna y llevaba dos meses durmiendo en una confortable camita que le habíamos acondicionado dentro de una maleta. Nos despedimos. Yo tomé el tren de vuelta a la embajada y Alexandra se fue en el coche, con nuestro hijo, a inspeccionar esas dos casas que había encontrado. Me bajé en la estación Sidney parade y caminé de vuelta por Ailesbury road, otra vez batallando con las lluvia y las ventiscas rumbo a mi oficina. Al entrar a la embajada me sorprendió no ver a nadie; la sección consular, donde se recibía a las personas y se expedían los pasaportes estaba vacía. Guiado por la voz de un locutor de la BBC llegué hasta la oficina donde estaban todos los funcionarios de la embajada alrededor de un televisor. Me asomé para ver qué era eso tan interesante que miraban todos absortos y enmudecidos, y lo que vi me dejó helado. Marqué inmediatamente el número de Alexandra, que iba conduciendo por una calle al lado del mar, sin idea de que el mundo acababa de convertirse en otra cosa. “No sabes lo que acaba de pasar en nueva York”, le dije. www.jordisolerescritor.com
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