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Los poetas del ópalo callado

Jordi Soler

Novelista y caballero de la irlandesa Orden del Finnegans. La fiesta del oso (Mondadori,2009) es su novela más reciente


12/09/11 15:19

Hace diez años me puse una gabardina, un sombrero para protegerme de una llovizna pertinaz, y salí de mi oficina rumbo al puerto de Dún Laoghaire. Vivíamos en Dublín desde hacía dos meses, yo era agregado cultural de la embajada de México en Irlanda y Alexandra, mi mujer, hacía malabares para cumplir con sus obligaciones de corresponsal de una estación de radio y, simultáneamente, atender a nuestro hijo mayor que era entonces muy pequeño. Llevábamos dos meses viviendo en casas provisionales, habíamos dejado una casita en el barrio de Ballsbridge, con un pequeño jardín y un asador, donde la familia de Homero Simpson hubiera sido muy feliz, para mudarnos a un departamento, menos agobiante que la casita, que tenía vistas a Herbert Park, uno de esos parques verde eléctrico, de vegetación salvaje y despeinada, que tiene Dublín. Yo llevaba unos días dando largas a la compañía de mudanzas que tenía nuestros muebles, que habían viajado desde México por mar, y que ya estaban en un hangar del puerto, listos para irse a una bodega por la que había que pagar un alquiler. Pagar ese alquiler nos parecía absurdo, por eso nos urgía encontrar una casa definitiva aunque al final, como la casa tardó todavía en aparecer, la compañía de mudanzas terminó enviando nuestros muebles a la bodega. Pero ese día, el 11 de septiembre del año 2001, Alexandra había encontrado un par de posibles casas que visitaría en la tarde, y habíamos quedado de vernos a la hora de comer para valorarlas, en el restaurante Na mara (En el mar, en lengua gaélica), que era una gran casa blanca, que antes había sido una estación de tren, con vistas a la bahía, al ir y venir de los barcos, a ese denso trajín que tienen los puertos. Salí de mi oficina a la una y media, caminé, maltratado por la lluvia y las ventiscas, por Ailesbury road hasta la estación Sidney parade y ahí me subí al tren. A esas horas todavía no amanecía en Nueva York. Hice el viaje hasta Dún Laoghaire, cinco, seis estaciones a lo sumo, leyendo el libro North, de Seamus Heaney, ese portentoso poeta irlandés, con quién me encontraría al día siguiente para hablar de varios temas. Cuando bajé del tren la lluvia había desaparecido y había incluso algo de sol. Llegué al restaurante y pedí una mesa y una cerveza, y seguí leyendo a Heaney hasta que llegó Alexandra con nuestro hijo dormido en su carrito. Mientras verbalizábamos nuestra situación inmobiliaria fuimos comiendo una sopa de verduras y después alguno de los pescados locales y, ya para el momento del café, habíamos concluido que nos tomaríamos con calma la búsqueda de casa, que rescataríamos nuestros muebles hasta que encontráramos un sitio que nos gustara de verdad mucho y que la vida a salto de mata en Dublín tenía sus encantos: no teníamos cafetera y yo había inventado un sistema para hacer café con una coladera y un puño de algodón, y nuestro hijo no tenía cuna y llevaba dos meses durmiendo en una confortable camita que le habíamos acondicionado dentro de una maleta. Nos despedimos. Yo tomé el tren de vuelta a la embajada y Alexandra se fue en el coche, con nuestro hijo, a inspeccionar esas dos casas que había encontrado. Me bajé en la estación Sidney parade y caminé de vuelta por Ailesbury road, otra vez batallando con las lluvia y las ventiscas rumbo a mi oficina. Al entrar a la embajada me sorprendió no ver a nadie; la sección consular, donde se recibía a las personas y se expedían los pasaportes estaba vacía. Guiado por la voz de un locutor de la BBC llegué hasta la oficina donde estaban todos los funcionarios de la embajada alrededor de un televisor. Me asomé para ver qué era eso tan interesante que miraban todos absortos y enmudecidos, y lo que vi me dejó helado. Marqué inmediatamente el número de Alexandra, que iba conduciendo por una calle al lado del mar, sin idea de que el mundo acababa de convertirse en otra cosa. “No sabes lo que acaba de pasar en nueva York”, le dije. www.jordisolerescritor.com




29/08/11 13:55

Hace unos días, en su última visita a España, Benedicto XVI expresó, antes de abordar el avión que lo llevaría de regreso al Vaticano, otra de sus desconcertantes ideas. En España hay menos católicos que en México, pero los que hay son, probablemente, los más recalcitrantes y obtusos de la Tierra. En España se inventó el catolicismo hispano y desde ahí se expandió a Latinoamérica, un territorio que ya tenía su propia cosmogonía, un continente donde el catolicismo tuvo que batallar para hacerse un lugar. Aquella batalla, como sabemos, la perdieron abrumadoramente las creencias autóctonas, pero marcaron al catolicismo latinoamericano con un matiz, con una gota sincrética que lo aligera. Un matiz que no tiene el catolicismo español, que ha conservado su fisiología granítica, su cerrazón y su hermetismo, elementos propios del monopolio que no conoce competencia y que lo distinguen desde el año de su invención. Voy a poner dos ejemplos del poder hermético que posee la iglesia en España: la televisión del estado transmite cada domingo, en uno de sus canales principales, y en la mayoría de sus canales autonómicos, la misa. Un día, lo juro, dejaron de transmitir un importante partido de tenis para dar paso a la misa dominical. Otro: con frecuencia inverosímil el obispo planta su altar en el centro de Madrid, en pleno cruce de dos importantes avenidas, y celebra, con gran éxito, una misa al aire libre. Semejante solidez es la que ha animado a Benedicto XVI a hacer de España su destino predilecto y hace unos días, como decía al principio de estas líneas, nos dejó otra de sus desconcertantes ideas: invitó a los jóvenes a practicar “la mansedumbre”. El papa es ante todo un político, de espectro planetario, y cada cosa que dice está muy calculada. El llamado a la mansedumbre busca pacificar el ya de por sí muy pacífico movimiento de los indignados españoles, y en general exaltar esa virtud cristiana de la resignación. Pero sucede que el tiempo para proponer esto difícilmente podría ser peor y que proponerle a la juventud española, y a la de todo el mundo, que sean mansos mientras la vida, con todas sus crudezas, les pasa por encima es, por lo menos, un acto irresponsable. El escritor Henry Miller escribió al principio de su novela Trópico de cáncer: “el mundo que me rodea está desintegrándose, y deja aquí y allá lunares de tiempo”. Basta mirar distraídamente la actualidad para darnos cuenta de la que está cayendo; a la revolución de los países árabes se han ido sumando los indignados de medio mundo, últimamente los ingleses, que traté hace quince días en este mismo espacio, y ahora mismo el derrumbe de Gadafi en Libia mientras en México la atroz escalada de violencia acaba de graduarse con el atentado de Monterrey. Los lunares de tiempo, que genera la desintegración del mundo que proponía Miller, son cada vez más visibles. ¿Y qué tienen en común los indignados españoles con los ingleses y con los israelíes, y estos con la revuelta en Libia, y todos estos con la incontrolable violencia que sacude a México. Muy sencillo: que ninguno de estos fenómenos puede enfrentarse, y eventualmente solucionarse, desde la mansedumbre que acaba de proponer su santidad. www.jordisolerescritor.com




15/08/11 13:57

La semana pasada, distraído por las noticias de las revueltas inglesas, que se iban amontonando en mi cuenta de Twiter, dejé de lado la página que estaba escribiendo para atender a esa nueva ola de protestas que ahora menoscaban el orgullo, la flema y la economía, del imperio británico. Hace seis meses escribí, en esta misma columna, de una violenta manifestación estudiantil que, en mi paso hacia la universidad de Cambridge, casi me arrolló en las calles aledañas a Picadilly Circus. Entonces decía, textualmente: “la revuelta de estudiantes, que pasaba por un momento de oscura violencia, era cercada por la policía, al tiempo que una incipiente nevada, alborotada por una ventisca, comenzaba a pintarlos a todos de blanco. La imagen era de un dramatismo conmovedor, remitía a aquellas revueltas juveniles ya mitológicas del 68…”. Aquello del 68, que con tanta ligereza escribí en diciembre, ya no funciona con las revueltas de Londres, ni con los Indignados de España, ni con las diversas revoluciones árabes. En seis meses nos hemos dado cuenta de que la protesta es más amplia, más profunda y más incontrolable que aquella del mayo francés. En fin, dejé de lado la página que estaba escribiendo y solucioné la tentación de irme a plantar frente al televisor, de la manera en que suelen resolverse las tentaciones: cayendo en ellas. Pasando de largo frente a aquel sonsonete, que dosmil años de cristianismo han troquelado en nuestro cerebro y que dice: “nos nos dejes caer en la tentación…”. Y, ¿por qué no?. Me senté frente al televisor, empecé por el noticiario de las 7 en Channel 4, que me parece el mejor noticiario del mundo, y luego fui alternando entre la BBC y Sky news, que transmitían en directo una revuelta que empezaba a espesarse en el centro de Manchester, contrastada con los preparativos de los 16,000 policías que salían esa noche a patrullar los barrios conflictivos de Londres. Las escenas que vi, y que usted habrá visto también hasta la saciedad, eran más vandálicas que de protesta, se veía una turba de personas rompiendo una vitrina y luego entrando a saco a las tiendas para llevarse botellas, camisetas de futbol y, sobre todo, cacharrería electrónica, teles, teléfonos, iPods, computadoras. Unas escenas que muy poco, o nada, tienen que ver con las protestas civilizadas y pacíficas que siguen teniendo lugar en España. Cuando el locutor que transmitía la revuelta en directo, en pleno territorio comanche, lograba dialogar con alguno de los participantes, todo lo que decían es que estaban hartos de la represión de la policía y de la desigualdad rampante, que ellos pretendían paliar haciéndose de enseres por la fuerza en un centro comercial. No había ni ideología, ni proyecto, dos carencias diabólicas en esa juventud sin futuro. Como toda movilización, la de Londres fue coordinada a través de la red, pero no de Twiter, como ha pasado en otros países, sino del servicio de mensajería que ofrecen los teléfonos Blackberry. A mi esto me parece el punto distintivo de la revuelta inglesa: el teléfono Blackberry es un sofisticado aparato que fue concebido con la idea de que el ejecutivo de avanzada, pudiera traer su oficina a cuestas, pudiera llamar, enviar mails, consultar internet, atender su negocio en cualquier momento y lugar, a mitad de una comida, de un viaje en yate o de un orgasmo. De hecho el lema de estos teléfonos es: allí donde estés está tu oficina. Quizá los gamberros ingleses han optado por comunicarse con Blackberry porque es una red privada, no como Twiter que es pública y susceptible de ser monitoreada por la policía; pero cualquiera que sea la razón, le han dado una vuelta completa al concepto de este teléfono: el “allí donde estés está tu oficina”, se ha metamorfoseado en: “lleva la revolución en tu bolsillo”. Nadie sabe para quién trabaja y, con los gamberros ingleses de Blackberry, el capitalismo se ha mordido la cola. www.jordisolerescritor.com




21/03/11 13:58

Restaba grados de calor a un día riguroso de verano, con el agua del Mediterráneo a la cintura, cuando accidentalmente palpé en el bolsillo derecho del traje de baño, la silueta inconfundible de mi iPod. Movido por el pánico lo saqué inmediatamente a la superficie y lo deje escurrir, agarrado por la cola, como si fuera un salmonete, o un congrio. La experiencia submarina está contraindicada para estas máquinas que cargan el soundtrack vital de cada quién y que son un auténtico “espejo del alma” o, para seguir por la senda del refrán y la paráfrasis: “dime qué oyes y te diré quién eres”. Lo que yo oía y era en ese momento tenía la pinta de un naufragio. Salí del mar, sequé amorosamente el iPod con la camiseta, eché un poco de vaho a la pantalla y, con un suspense que me hacía temblar un poco, le dí al play. La máquina estaba oficialmente ahogada y lo único que se me ocurrió fue correr a enchufarla, a meterle una transfusión eléctrica que me devolviera el alma. Pasé el resto de la tarde visitando, cada media hora, la habitación donde convalecía el iPod, con la pantalla oscura y el cuerpo deslavado. Cerca de la media noche, cuando ya había perdido toda esperanza y me acercaba a él murmurando una letanía fúnebre y autocompasiva, abrió los ojos, es decir: encendió la pantalla como un ahogado que regresa a la vida. Me puse los audífonos y oí, asombrado, la canción The future, El futuro, de Leonard Cohen. La pantalla, aunque su luz transmitía una exultante vitalidad, estaba en blanco, no había ni letras, ni imágenes, ni nada. Cuatro o cinco canciones más tarde había logrado hacer un diagnóstico completo, la resurrección había modificado la personalidad del iPod, su inmersión en el mar lo había vuelto rabiosamente independiente y ahora no había forma ni de programarlo, ni de enterarse de los títulos de lo que iba tocando ni, por supuesto, de elegir alguna canción de su copiosa memoria; el iPod no obedecía más que a su propia inspiración y, durante esos primeros minutos del diagnóstico, no me gustó nada que otro manipulara el espejo de mi alma. Unos días más tarde me había acostumbrado a su nueva vida, había descartado el proyecto de regresarlo al fondo del mar y comprar uno nuevo, y comenzaba a apreciar ese regreso, forzado e involuntario, a la experiencia original de oír música: sin aditamentos, sin información visual que te distraiga, sin el ansia de manipular la selección aleatoria de la máquina. Con aquel milagroso regreso a la vida volvió la ilusión, la sorpresa, el alma que se queda en vilo cuando no sabemos lo que nos depara la siguiente canción. www.jordisolerescritor.com